“Historia universal de la destrucción de libros”, de Fernando Báez
CRIMEN CON HUELLAS
A Fernando Báez, venezolano, hijo de madre canaria, presidente de la Sociedad de Estudios Aristotélicos, Premio Internacional de Ensayo por su Historia de la antigua biblioteca de Alejandría, autor, entre otras muchas obras, de Los últimos días de Martín Heidegger, así como colaborador habitual de diarios y revistas de 18 países, tengo el disgusto de no conocerlo personalmente. Acabo de terminar la lectura de su Historia universal de la destrucción de libros y hubiera querido darle las gracias personalmente por su trabajo. Me gustaría poder confesarle con absoluta humildad que ignoraba su existencia...
—“Si se considera que hoy en día hay más libros y menos tiempo para leerlos, resulta fácil comprender que son miles o millones los textos valiosos que no vamos a leer nunca”.
A través de Internet he encontrado algunos artículos de Fernando Báez, y en uno de ellos, el argumento anterior, que tranquiliza mi conciencia de lector medianamente profesional. Así, instintivamente, he comenzado un diálogo con el autor, tan próximo como si estuviéramos ambos envueltos en humo –él fuma en pipa– y seguramente más destilado de circunloquios formales que hurtan espacio para el objeto central de la conversación. Este libro está lleno de respuestas: la primera, a la curiosidad por la razón de escribirlo.
—“Nuestra memoria ya no existe. La cuna de la civilización, de la escritura y de las leyes, ha sido quemada. Sólo quedan cenizas’. Escuché este comentario a un profesor de historia medieval en Bagdad, a quien detuvieron pocos día después por pertenecer al partido Baas. Cuando lo dijo, abandonaba la moderna estructura de la Universidad, donde habían saqueado, sin excepción ,los libros de la biblioteca y destruido aulas y laboratorios... Lo que encontré en Irak me hizo recordar la primera vez que vi un libro destruido”.
Tenía Fernando Báez, entonces, apenas cinco años y vivía en un biblioteca, por razones familiares. Los libros eran sus únicos amigos.
—“Mientras aprendía a leer, desestimaba la soledad tremenda en que me encontraba hora tras hora porque sí y para nada”.
Pero el río Caroní, afluente del Orinoco, se desbordó y arrastró todos los volúmenes de la biblioteca. Con ellos se ahogó su infancia. Esa terrible experiencia no fue la única que marcó el destino que conduciría a este notable esfuerzo de investigación sobre las catástrofes que periódicamente afectan a la supervivencia de los libros. Fernando asiste horrorizado –con 17 años– a la quema de los textos de estudio por sus compañeros al finalizar el curso. Y al incendio de la librería de viejo que frecuentaba. Y a la destrucción de numerosas bibliotecas en Colombia, a causa de la permanente guerra civil. Presente en todos los escenarios de conflicto, Fernando Báez anotó la estremecedora frase de una poetisa en Sarajevo: ”Cada libro destruido es un pasaporte al infierno”¿Por qué este maleficio?
—“Desde hace 55 siglos se destruyen volúmenes y apenas se conocen las razones. Hay cientos de crónicas sobre los orígenes del libro y de las bibliotecas, pero no existe una sola historia sobre su destrucción. ¿No es ésta una ausencia sospechosa?”.
Ya existe esa crónica. Y al terminar de leerla atisbo una explicación a la falta de antecedentes. Es una historia demasiada cruel para el conjunto de la humanidad. No se salva nadie. Ninguna religión, ninguna cultura. No es fácil eximir de culpa a personajes tradicionalmente respetados por su sensibilidad literaria o artística. En la memoria colectiva figuran las hogueras nazis y el encarnizamiento de Goebbels para hacer desaparecer la obra escrita de centenares de autores, desde Zola a Kafka, desde Hemingway a Brecht, pero es menos recordada la represión en Norteamérica.
—”La tolerancia cultural de los Estados Unidos en la Segunda Guerra queda desmentida por varios hechos históricos irrefutables. Entre 1940 y1941, las autoridades del Servicio Postal confiscaron 600 toneladas de libros extranjeros en West Coast y las destruyeron... Durante la cacería de escritores de tendencia comunista, en 1940, un ataque sorpresa contra la librería de uno de los miembros del Partido Comunista en la ciudad de Oklahoma, implicó la confiscación y quema de cientos de obras de Lenin y Marx. Los clientes fueron detenidos y los encargados, condenados a diez años de prisión. En 1953 se elaboró una lista negra de escritores cuyos libros no debían estar en la bibliotecas. Entre los autores censurados, cuyos libros fueron convertidos en cenizas o pulpa de papel, hay que nombrar a Howard Fast, Joseph Davies, Lilian Hellman y Dashiell Hammet”.
El capítulo dedicado a estudiar los estragos causados por la Guerra Civil en el tesoro bibliográfico español antecede inmediatamente al titulado El bibliocausto nazi. Tampoco ésta es una historia de absolutamente buenos y perversamente malos, aunque, indudablemente, la duración del periodo persecutorio y, por tanto, los efectos destructivos, inclina la balanza de la culpa en la cuenta del bando vencedor. En el debe de los republicanos hay que anotar la destrucción de bibliotecas y archivos conventuales, básicamente durante mayo de 1931, y el vandálico incendio de 10.000 volúmenes de la catedral de Cuenca, entre ellos el celebre Catecismo de Indias, pero es justo recordar que frente al rechazo de muchos intelectuales, entre los que Fernando Báez menciona expresamente al azañista Antonio Rodríguez-Moñino. La relación de daños causados por la tropas nacionales todavía hoy nos impresiona. Un ejemplo significativo está tomado del libro de Juan Manuel Fernández Soria, Educación y cultura en la Guerra Civil: “Después de los sucesos de octubre de 1934, la fuerza pública quema los libros de las bibliotecas de los ateneos. Parecida suerte corrieron las bibliotecas de las casas del pueblo o de sindicatos como el de los Ferroviarios del Norte, que poseía más de cuatro mil volúmenes”. En Barcelona, tras la ocupación por el bando nacional, se destruyó el Ateneu Enciclopèdic Popular, arrojando 6.000 libros por sus ventanas, y se destruyeron otras 72 toneladas de publicaciones procedentes de librerías, editoriales y bibliotecas públicas. La Guerra Civil sacó a la luz lo peor de las conciencias... Quemamos libros y asesinamos escritores.
—“De una forma casi irónica, estos ataques sucedieron en una de las mejores etapas de la cultura española”.
No siempre resulta tan sencillo señalar a los responsables de la destrucción masiva de libros. No siempre son los hombres, sino los elementos de la naturaleza, inundaciones, terremotos, incendios provocados por un rayo. Y la desidia. Me llama la atención que a tantos siglos de distancia del suceso, aún esté abierto el debate sobre las causas de la destrucción de la biblioteca de Alejandría, canónicamente achacada a los invasores árabes.
—“Actualmente, la tesis de los árabes ha perdido fuerza y ha dado origen a nuevas hipótesis. Me limito a repasar tres de ellas: los romanos, un terremoto, al menos 23 terremotos asolaron Alejandría entre el año 320 y 1303, y... la negligencia”.
¿La negligencia?
—“Los diversos choques políticos y militares derivaron en la falta de presupuestos e interés en las actividades de la biblioteca. Los bibliotecarios se marcharon en busca de ciudades más tranquilas, como Roma, por nombrar una, y la labor de copiado fue progresivamente abandonada. Esta hipótesis no es en absoluto descartable”.
En cada una de la páginas de la obra de Fernando Báez se encuentra justificación bastante para iniciar el descubrimiento por uno mismo de todos los detalles complementarios de cada una de las historias que se esbozan, con mayor o menor extensión. Ni una sola década desde que los primeros libros aparecieran hace más de 5.000 años, precisamente entre los cauces del Tigris y el Eufrates del actual Irak, hasta los consentidos pillajes de los centros culturales de ese país, a la caída de Saddam Hussein, deja de ofrecer motivo para la investigación de este escritor venezolano a quien debo la forja de un nuevo relativismo a la hora de enjuiciar personajes, pueblos, religiones y culturas. El consuelo de saber que fue Anthony Comstock, fundador en 1873, de la Sociedad de Nueva York para la eliminación del vicio, el inquisidor religioso más temido del mundo, y no un español, como temía, se contrapesa con la vergüenza que produce leer que aquel Fray Juan de Zumárraga, exaltado por la introducción de la imprenta en México, fue, sin embargo, quien condenó al fuego las grandes bibliotecas de los aztecas y los mayas. Amigo Báez, cuánto ignoramos...
—“Lo mejor será siempre no leer demasiado. Ya Schopenhauer, en sus excéntricos Opúsculos había encontrado que ‘cuanto más lee, menos huellas de lo leído quedan el espíritu”.