PADRINO Y PATRÓN. ALFONSO XIII Y SUS
OFICIALES. (1902-1923)
por ALBERTO BRU SÁNCHEZ-FORTUN
Resulta muy difícil entender la historia política del primer
tercio de nuestro siglo XX, ese primer tercio que culmina en una espantosa
guerra civil, si prescindimos del estudio de la historia institucional del
cuerpo de oficiales de aquella época.
Lo que este artículo quiere señalar, es que también
resultaría muy difícil dicho estudio, si no atendemos al dato, para nosotros
básico, de las relaciones entre el monarca de aquel periodo, Alfonso XIII, y
“su” Ejército. Convendría para ello explorar los antecedentes inmediatos.
Su abuela, Isabel II, tras treinta y cinco años de reinado
vividos entre espadones y pronunciamientos, fue derrocada por un golpe de
generales, los mismos que de tenientillos habían salvado su trono de las
ambiciones carlistas en ardua guerra civil.
Su padre, Alfonso XII, salvado el interregno del Sexenio Revolucionario vivido en el exilio, pudo reinar aupado al pavés por otro pronunciamiento militar, el de Martínez Campos en Sagunto en los últimos días de diciembre de 1874. Cánovas, mentor de don Alfonso y gran mago político de la nueva época que se abría, quedó consternado: la monarquía restaurada nacía auspiciada por el inevitable brazo militar. La opinión pública no había podido ser oída.
Para contrarrestar ese pernicioso origen deslegitimador,
Cánovas potenció un personaje desaparecido de las tradiciones del país desde los
tiempos de Carlos I, y que funcionaba como un verdadero mecanismo de
identificación emocional: nos referimos a la figura del “rey soldado”1.
Se trataba de hacer del joven rey otro oficial, pero colocado en el pináculo de
la jerarquía militar. Dada su doble naturaleza de monarca y de oficial del
Ejército, debería ser capaz de establecer una relación de patronazgo
paternalista con el resto de sus compañeros oficiales. De este modo, sería
posible neutralizar o moderar la influencia y el peso político de los espadones
y sus clientelas militares e, incluso, arbitrar los conflictos entre esos
grupos. En definitiva, debía forjarse un nuevo espadón; el más fuerte, porque
coronaba el vértice jerárquico; el mejor legitimado, porque se sentaba en el
trono. Ese espadón sometería a los otros y unificaría las clientelas dispersas
en una sola, que englobaría la totalidad de la institución militar. Tras el
vistoso uniforme, estaría el cerebro político de Cánovas. Pero ¿Qué ocurriría el
día que faltara el cerebro y el vistoso uniforme se quedara solo en la tribuna
de los desfiles?.
El primer paso de Cánovas para revestir de oropeles guerreros
a su protegido, todavía un adolescente en el exilio, consistió en hacerlo
ingresar en la reputada academia militar de Sandhurst. Cuando llegó el momento
de volver a casa, aunque fuera gracias al éxito de su pronunciamiento en
Sagunto, se impidió a Martínez Campos entrar triunfalmente en Madrid con dos
batallones de la sublevada Brigada Dabán2.
Era el joven y recién estrenado rey, quién al frente de las tropas debía ganarse
los aplausos del pueblo. Tras esa apoteosis, y a fin de obtener otros laureles
bélicos no menos prefabricados, su gallarda apostura fue enviada al norte como
jefe nominal del ejército que combatía a los carlistas3,
y así rivalizar con la barbada y romántica estampa de otro rey en uniforme: el
pretendiente don Carlos VII.
En la paz, Alfonso XII siguió mostrando predilección por
revistas y desfiles; memorizaba ordenanzas; y mandaba traducir la literatura
militar extranjera que caía en sus manos. Su círculo íntimo eran oficiales que,
a menudo, compartían con él su admiración por el ejército de moda: el alemán.
Parece ser que le entusiasmaba ser coronel honorario de uno de sus regimientos
de ulanos4.
Pero la figura del rey soldado tenía su reverso. Si bien
amenguaba el brillo de los espadones, convertía a la corona en la representante
de los intereses y del prestigio del cuerpo de oficiales. En un choque contra
políticos civiles, el Ejército siempre podría contar con el trono como aliado5.
La posibilidad de ese choque, improbable siendo nuevo el edificio canovista, se
hizo más evidente en el reinado de Alfonso XIII, cuando los cimientos de la
Restauración se dislocaban por el desastre colonial y la inoperancia de los
partidos del turno.
En este nuevo y más amenazador contexto, Alfonso niño siguió
pasos parecidos a los paternos, bajo la mirada aprobadora de su madre, la
regente María Cristina. El peso de lo militar en su primera educación fue
decisivo: la mayoría de sus preceptores eran oficiales. Fernández Almagro cita a
Sanchiz; Pacheco; Juan Lóriga, teniente coronel y conde del Grove; Miguel
González de Castejón, coronel de estado mayor y conde de Aybar; Patricio Aguirre
de Tejada, general de la Armada y su director de estudios6,
etc. Naturalmente no podía faltar la instrucción militar, impartida por el
capitán don Enrique Ruiz Fornells, ocupado en hacer evolucionar con infantil
marcialidad por la Casa de Campo o, si el tiempo era desapacible, por alguna de
las salas grandes de Palacio al pequeño Alfonso y a un selecto grupo de ocho o
diez muchachitos, hijos de grandes de España7.
Alguien ha llegado a hablar, con evidente exageración, del
verdadero interés del joven rey por el arte militar. Interés suscitado por el
trauma que a los doce años le supuso la pérdida colonial y la humillación frente
a Estados Unidos8.
Andrée Bachoud aventura que la rabia y la desilusión que aquel drama le produjo
podrían justificar sus impertinencias con los ministros, su desprecio por la
vida parlamentaria, y su pasión por resucitar nuestras “glorias” militares9.
En realidad nunca pasó de ser un play-boy, que confundía la milicia con uno de
los muchos deportes que practicaba. En cualquier caso, recordemos que se le
consideró capacitado para reinar con sólo dieciséis años, sin más bagaje que su
simpatía y una inteligencia superficial, que no pudo ampararse en una formación
profunda. En esas condiciones, no resulta extraño que no tuviera muy claros sus
límites personales y constitucionales, como alguna clamorosa anécdota nos
desvelará más adelante. Sólo su madre, la ex-regente, pudo constituir un freno
para él en aquellos primeros años de su reinado.
Desde luego, lo que resultó inequívoco fue su gusto por
retratarse de uniforme10;
por las coronelías honorarias –ocho de distintos ejércitos extranjeros11-;
por paradas y revistas; por el trato más que asiduo con un cortejo de oficiales
de confianza. En el fondo, el espejo en el que le hubiera gustado mirarse era el
del Kaiser Guillermo II. Ambos eran caprichosos y autoritarios. Ambos gustaban
de condecoraciones y empenachados uniformes; de rodearse de una nube obsequiosa
de marciales edecanes. Los dos, en cuanto pudieron, se sacudieron la tutela de
algún gran estadista – Guillermo la de Bismarck, Alfonso la de Maura, por
ejemplo- para así disponer a su antojo de un país al que querían poderoso, pero
sin permitirle verdadera vida democrática, y de un ejército que Alfonso hubiera
querido que fuese como el alemán, al que admiró siempre más allá de su derrota12.
Pero el rey soldado debía buscar su acomodo entre las otras
instancias del Estado. Ese marco regulador lo proporcionó la Constitución de
1876, vigente hasta 1923. La interpretación provechosa de sus ambigüedades
propició el choque cotidiano de los intereses contrapuestos de unos y de otros.
Pues, si bien podía ser considerada liberal, no era resueltamente democrática:
se basaba en la difícil conciliación entre el derecho divino y la soberanía
nacional, malabarismo caro al pensamiento moderantista, que engendró la anterior
Constitución de 1845. Sólo en este sentido puede entenderse el chocante artículo
18: “La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey”; que los
ministros fueran responsables ante las Cortes (artículo 45.3), pero que fuera el
monarca quien los nombrara y los separara libremente (artículo 54.9); que así
mismo dispusiera del derecho a negar la sanción de una ley aprobada por las
Cortes (artículo 44), pero que no lo ejercitara nunca, etc13.
En su calculada ambigüedad14,
la Constitución de 1876 debía permitir una práctica política en la que cupieran
todas las formaciones que acataban la nueva monarquía. Esa ambivalencia, esa
necesidad de dotar al articulado de un desarrollo práctico más inspiradamente
democrático, hizo del texto constitucional un marco político inadecuado y
claramente insuficiente para reprimir a Alfonso XIII en sus veleidades
intervencionistas, políticas y militares, en una coyuntura de profunda crisis
tras el trauma colonial del noventa y ocho.
Apreciaremos esa “calculada ambigüedad”, esa tensión entre lo
que el texto dice y lo que con el texto puede llegar a hacerse, si repasamos los
principales preceptos que aluden a las atribuciones del rey con respecto a las
fuerzas armadas en la Constitución de 1876:
Se empieza encomendando al monarca la defensa del orden
público interior y la seguridad del Estado en el exterior (artículo 50). Para
ello detenta el mando supremo del Ejército y de la Armada, disponiendo de las
fuerzas de mar y tierra (artículo 52); y, con arreglo a las leyes, concede los
grados, ascensos y recompensas militares (artículo 53), lo que le otorga un muy
apreciable poder en la ordenación de la estructura burocrática del cuerpo de
oficiales. Tampoco se le regatea declarar la guerra y hacer la paz (artículo
54.4), ni proponer anualmente a las Cortes la fuerza militar permanente de mar y
tierra (artículo 88).
Toda esta panoplia de competencias, en modo alguno
desdeñables, queda regulada o contrapesada por el artículo 49: “Son responsables
los ministros. Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si no está
refrendado por un ministro, que por sólo este hecho se hace responsable.”. Como
veremos, el pequeño gran problema estribó en el continuo estira y afloja entre
el rey y sus ministros. El primero no hubo de llevar casi nunca la peor parte.
A ello añadamos el hecho de que era el rey quien, como hemos
visto, los nombraba y separaba libremente, en particular al del ramo de la
Guerra, cuestión esta última que trataremos después con más detenimiento. No
nos será posible, por tanto, suscribir el optimismo constitucional, a todas
luces forzado, de que hace gala Romanones, varias veces presidente del Consejo,
en su obra “El Ejército y la política”. Sin embargo, ese optimismo oficial deja
paso en la página 84 a esta reveladora confidencia: “El ambiente militar que
rodea a la realeza, la influencia de los arrastres atávicos, el predominio mismo
de la educación militar hacen penosa la práctica de estos preceptos
constitucionales”. Y, más adelante, “El haberse roto el fetichismo que impedía
poner al frente del ministerio de la Guerra a un hombre civil contribuirá
seguramente a que en la mecánica constitucional no haya diferencia entre el
despacho de los asuntos militares y el que corresponda a los de los otros
departamentos ministeriales.”15
Curiosamente es el propio Romanones quien nos proporciona una
anécdota que ilustra a la perfección la ignorancia del joven monarca sobre sus
límites constitucionales. Según testimonio del conde16,
Alfonso se emperra en presidir su primer consejo de ministros el mismo día en
que jura la Constitución, un 17 de mayo de 1902, al cumplir con dieciséis años
su mayor edad. Le da gusto el viejo y achacoso Sagasta, y el primero en recibir
resultó Weyler, ministro de la Guerra, por haber decretado el cierre de las
academias militares, medida muy necesaria, pues tras el desastre de ultramar
sobraban en los escalafones miles de oficiales, subalternos sobre todo. Pero el
joven patrón quiere asegurarse la lealtad de los padres abriendo las academias,
es decir la profesión, a los hijos.
Luego de esta primera refriega, el pequeño rey anuncia que se
reserva en exclusividad el ejercicio del caso octavo del artículo cincuenta y
cuatro de la recién jurada Constitución, referido a la concesión de empleos
civiles, honores y distinciones. De entre la consternación general surgen las
palabras del duque de Veragua, recordando al monarca la necesidad del refrendo
ministerial, recogida en el famoso artículo 49, para dar validez a las
decisiones regias.
Existe, sin embargo, otra versión de este mismo incidente
publicada por Manuel Azaña17,
que sigue el testimonio de Miguel Villanueva, en la que el artículo invocado por
Alfonso es el cincuenta y tres: el rey concede los grados, ascensos y
recompensas militares.
Sea cual fuere la mas ajustada a la verdad, lo que denotan
ambas versiones es el inicio de la pugna entre la corona y la clase política,
mediante dos lecturas contrapuestas del mismo texto constitucional. Y, lo que
resulta más importante para nosotros, uno de los puntos en litigio es el control
sobre el Ejército. Se ha insinuado también que en la raíz de este nuevo y
decidido intervencionismo del trono se encuentra la reacción palatina, tal vez
capitaneada por la propia madre del rey, que intenta recuperar supuestos
privilegios de la corona usurpados por los hombres políticos, ésos que
fracasaron en el 98 pero supieron aprovecharse, supuestamente también, de la
debilidad de la institución monárquica, encarnada en una desvalida mujer,
durante el periodo de la Regencia18.
Por lo tanto, si no quiere ser “un Rey que no gobierne, que
sea gobernado por sus ministros y, por fin, puesto en la frontera”19,
Alfonso debía reocupar el Estado y, por tanto, hacer suyo el Ejército. Es por
eso que en la alocución dirigida a los “soldados y marinos”, y firmada el mismo
día de su mayoría de edad, lo que intenta, desde la figura del rey soldado, es
patrimonializar la institución castrense, porque resulta ser la verdadera
palanca de mando del Estado: “Al tomar por mi mismo el mando de los ejércitos de
mar y tierra, con arreglo a la ley fundamental de la monarquía, me apresuro a
cumplir un deber muy grato para mi corazón. Como rey, como general, como español
y como soldado yo saludo en vosotros a los representantes de nuestras glorias
militares y de nuestra grandeza nacional ... Dichoso el soberano que ve en
vosotros el apoyo más firme del orden social, el cimiento más seguro de la paz
pública, el defensor más resuelto de las instituciones, la base más sólida del
bienestar y de la felicidad de la patria.”20.
Ahora sí que nos queda claro de quién es el Ejército y para que sirve poseerlo.
Recordemos, además, que la Constitución de 1876 desarrolló
sus aspectos militares a través de la Ley Constitutiva del Ejército de 29 de
noviembre de 1878 y, en menor medida, de la Ley Adicional de 19 de julio de
1889, hija malograda de lo que debieron haber sido las reformas del general
Cassola. En el primero de esos textos, sobre todo, el monarca aparece casi como
el “Jefe de Personal” de la empresa, a tenor de lo dispuesto en sus artículos 6
y 3021;
y el ministro, por mor del artículo 15, como su secretario ejecutivo22.
En la de 1889 se da una pequeña vuelta de tuerca más, a través de su artículo 2,
en el proceso de patrimonialización de la institución militar, y el gobierno
responsable de turno ya no comparte con el rey la organización del Ejército,
como todavía indicaba el artículo 26 de la ley de 1878, sino que resulta ser un
mero instrumento del monarca en ese cometido23
Aunque nuestra sensibilidad actual detecte profundos déficits
democráticos en estos textos legales, lo cierto es que para determinados
tratadistas, civiles o militares, de aquella época y de aquel ambiente podían
aparecer como insuficientes o tímidos preservadores de las regias prerrogativas.
Es el caso, por ejemplo, de Gustavo Peyra Anglada, maurista que en la crisis
juntera de 1917 fracasó en los intentos de mediación entre su admirado don
Antonio y la guarnición barcelonesa24.
Don Gustavo no se recató en publicar en 1905 un libro en el que abogaba por que
fuera el rey quien nombrara directamente al ministro de la Guerra y al Jefe del
Estado Mayor Central, sin que los presidentes del Consejo, siempre transitorios,
pudieran inmiscuirse en facultad regia tan privativa. En aquellas páginas,
intentaba, en realidad, que el Ejército y el rey conformaran una estructura
autónoma a salvo, recelosa y vigilante del debate político cotidiano, ya que “el
militar debe sólo fidelidad y obediencia al Rey, supremo jefe del ejército y
también suprema representación de la patria.”25.
Naturalmente, las elucubraciones de Peyra, que podían ser
suscritas sin vacilación por una parte importante de la opinión de derechas del
país, hubieran sido gratas a los oídos del joven monarca y sus palatinos. Eran
el producto del “lado oscuro” de la Restauración. El desconfiado moderantismo
del edificio constitucional de Canovas prefería que el régimen liberal estuviera
siempre tutelado por el rey y el Ejército, cabeza y cuerpo de un único organismo
que se mantenía aparte y por encima del resto del Estado. En vida del viejo
político la normal aplicación del artículo 49 permitió la apariencia de un poder
civil. Luego, la crisis social e institucional con la que abrimos el nuevo siglo
hizo de aquel famoso artículo un campo de batalla cotidiano, impidiendo la
aparición de prácticas políticas correctoras del anacrónico desafuero de
mantener a la sociedad civil vigilada por un Ejército propiedad de su rey. En el
sálvese quien pueda de aquella crisis post noventa y ocho, cada día más
profunda, la miopía de un monarca listo, pero desprovisto de una inteligencia y
de una preparación política profundas, le hizo aferrarse a lo que parecía la
carta más segura: el as de espadas. A fin de cuentas era ese as quien había
restaurado el trono.
Hasta aquí hemos hablado de la figura del rey soldado y del
ordenamiento constitucional de la Restauración, pronto inmersos y sacudidos por
el desastre colonial; la atomización e inoperancia de los partidos dinásticos;
la aparición de los nacionalismos periféricos y del nuevo movimiento obrero.
También hemos apuntado que, en el marco de esa profunda crisis iniciada con el
siglo, se disparó el intervencionismo de la corona en el ámbito militar. Se
trataría ahora de ver cómo se produjo ese intervencionismo y qué consecuencias
tuvo para el futuro del régimen y en la vida de la institución castrense, dos
problemas bastante más relacionados de lo que podría parecer.
Una primera cuestión se centraría en la mayor o menor
influencia del monarca en el nombramiento de los ministros de la Guerra. Según
las reflexiones de Peyra, la constitución política no permitía al rey
nombrarlos, aunque hubiera sido lo deseable para conferirles una inamovilidad
que les alejara de las lealtades estrechamente políticas. En cambio un
historiador solvente como Melchor Fernández Almagro, contemporáneo de los hechos
y al que no se puede acusar de izquierdista prorrepublicano, habla sin pudor de
la costumbre de que el rey incorporara a la lista del nuevo gobierno el nombre
del ministro de la Guerra que considerara oportuno26.
Cardona matiza más y señala que fue el general Marcelo de Azcárraga, en su
gobierno puente de 1904-1905, quien “consagró la costumbre de que el rey
facilitara el nombre de los futuros ministros militares, elegidos entre los
generales y almirantes próximos al partido que formaba gobierno”27.
Pero el resto de los historiadores de peso, Seco Serrano,
Boyd, Payne, etc, no se pronuncian categóricamente. Tampoco nosotros tenemos
pruebas contundentes en ningún sentido, pero resaltaríamos la escasa
significación política, que no fuera estrictamente palatina, de ministros de la
Guerra como Vicente de Martítegui y Pérez de Santa María, ministro en 1903 y
1905, o César Villar y Villate, ministro en 1904. Tal vez pueda resultar más
iluminadora la carta de 12 de julio de 1906 que el general Marcelo Azcárraga
envía a don Antonio Maura, relatándole los esfuerzos del general López Domínguez
para cubrir la cartera de Guerra en el nuevo gobierno que ha de presidir. Tras
descartarse él mismo por su edad y achaques, y negarse Martítegui por no estar
de acuerdo con la libertad de cultos como punto del programa de gobierno: “En
vista de esta negativa llevó al rey dos candidatos, que no aceptó: el uno era el
General Ochando, y el otro, no se ha dicho, aunque se supone, agregándole el rey
que no todos los Generales eran aptos para desempeñar ese Ministerio, y que le
rogaba se encargase de él.”28
Ni que decir tiene que López Domínguez hubo de olvidar sus achaques y obedecer
la regia indicación.
Sin embargo, de lo que no queda ninguna duda es de la
intromisión constante de la corona en la designación de los altos cargos de la
cúpula militar: en septiembre de 1902, por ejemplo, Weyler, a la sazón ministro
de la Guerra, no consiguió la firma del rey niño en sendos decretos: uno para
destituir al general Pacheco, Comandante general de Alabarderos; el otro para
ascender a teniente general al divisionario González Parrado. El ascenso se lo
llevó Martítegui, que había servido en el Cuarto Militar29
de la Reina Regente.
Mas grave todavía resultó la batalla abierta a fines de 1904
entre el rey y Maura, entonces presidente del Consejo, para cubrir la jefatura
del recién creado Estado Mayor Central del Ejército30.
El candidato del ministro de la Guerra, Arsenio Linares y, por tanto, del
gobierno, era el general Loño. Pero el rey tenía otro: el general Polavieja,
llamado “el general cristiano”, antiguo favorito político de la reina madre y
que desempeñaba en ese momento la jefatura del Cuarto Militar de su hijo. El
pulso duró semanas y al final Maura tuvo que dimitir en solidaridad con su
desairado ministro. Ni siquiera se guardaron las formas: “Yo no soy un
presidente dimisionario,- me conviene que se sepa -, sino un presidente
relevado”31.
Lo que en absoluto pareció importar al joven rey, más atento entonces a crearse
una clientela de incondicionales a través de la provisión de los altos destinos
de la milicia.
En estos primeros lances podemos apreciar la creciente
importancia política de la Casa o Cuarto Militar del rey, que se nos aparece
como una estructura tentacular al servicio directo de la corona sin sujeción
alguna al gobierno. Su jefe, un teniente general como mínimo, era también el
Comandante general del Real Cuerpo de Alabarderos, los guardias de palacio.
Dentro de la corte controlaba el acceso de los militares al rey32.
Esta jefatura sirvió a menudo para alejar por una temporada del primer plano de
la escena a los generales favoritos “quemados” en el servicio del monarca. Fue
el caso de Joaquín Milans del Bosch en 1920, José Cavalcanti en 1924 y Dámaso
Berenguer en 1926. A las órdenes del jefe de la Casa Militar se contaban tres
generales, en funciones de ayudantes de campo, y siete jefes, en funciones de
ayudantes de órdenes, además de un número indeterminado de oficiales honorarios
que realizaban tareas puntuales. Por estas ayudantías pasaron nombres célebres
de la milicia, por ejemplo: Manuel Fernández Silvestre, ayudante de campo de
1915, o Severiano Martínez Anido, ayudante de órdenes en 1910. Una distinción
menor consistía en ser nombrado gentilhombre de cámara, como lo fue el mismo
Franco en 1923, título puramente honorífico pensado para oficiales de humilde
cuna que habían llamado positivamente la atención real. No hace falta insistir
en que la envidia y el resentimiento presidían las relaciones entre la masa de
mesócratas uniformados y la reducida y elitista fracción palatina del Ejército.
En el primer trimestre de 1905 es tal la debilidad de los
efímeros gobiernos, -ministerio puente de Azcárraga, derribado por la salida de
los dos ministros militares, seguramente tras indicación regia; posterior
gobierno Villaverde-, que a nadie se le escapa que el árbitro de la situación es
el rey y el supuesto partido en el que se apoya: el Ejército. El 23 de mayo “La
Correspondencia Militar”, periódico asiduo de las salas de banderas, publica un
desmentido tan característico como éste: “Se dice que hay entre la Corona y el
Ejército inteligencias para que por medio de un golpe de Estado quede efectivo y
práctico el gobierno personal del rey ... No, no hay nada de eso; ni el rey, ni
el Ejército han caído en la abyección ni perdieron el sentido”33.
Pero esa buena sintonía está establecida entre el rey y la
red clientelar de militares ligados a palacio, no exactamente con el conjunto
del cuerpo de oficiales. Eso quedó evidenciado por su crispada reacción tras los
asaltos a las redacciones del Cu-Cut y La Veu de Catalunya, acaecidos el 25 de
noviembre de ese mismo año, en la siempre efervescente Barcelona. Como ya
sabemos, luego de los lamentables sucesos, provocados por un chiste inocente
aparecido en las páginas de la primera de las publicaciones mencionadas, la
guarnición de la ciudad condal no pudo ser reducida a obediencia por su capitán
general, Delgado Zulueta, que, sabiamente, acabó pasándose a sus filas. Otro
capitán general, Luque en Sevilla, envió un telegrama de aliento a los
insubordinados. La indisciplina cundía en provincias y, sobre todo, en Madrid,
en cuyo Círculo Militar van a discutirse unas bases reivindicativas para
elevarlas directamente al rey34.
El gobierno de Montero Rios se debate en la impotencia. El propio ministro de la
Guerra, el sufrido Weyler, no se atreve a exigir las dimisiones oportunas en
Sevilla, Madrid y Barcelona, por que sabe que el rey no cuenta con sus ministros
para desactivar la protesta. Al contrario, Alfonso moviliza a sus militares
palatinos para neutralizar a la masa levantisca de oficiales, prescindiendo del
concurso de los hombres de levita. Es la hora del general Bascarán y Federic,
segundo jefe del Cuarto Militar del rey, recorriendo apaciguador los cuarteles
de la capital; del teniente coronel Villalba, a la sazón ayudante del
omnipresente y cortesano Polavieja, quien consigue que se disuelva la asamblea
del Círculo Militar, garantizando que el monarca reconducirá la situación en el
sentido exigido por los airados oficiales, compromiso confirmado, a su vez, por
el propio gobernador militar de la plaza general Echagüe y Méndez Vigo. Da la
casualidad de que ambos, Villalba Riquelme y Echagüe, llegarían a ministros de
la Guerra, en 1919 y 1913 respectivamente. Por fin, para tranquilidad de
cualquier nerviosismo uniformado, “La Correspondencia Militar”, con fecha 29 de
noviembre, publicaba un suelto demoledor para las veleidades civilistas titulado
“decisión regia”: “A las tres de la tarde se comunicó a los cuarteles, por
conducto de individuos de la comisión, presentes en el Centro del Ejército y la
Armada, que S.M. el rey había convocado a sus ministros a fin de celebrar un
Consejo, con objeto de manifestarles que había esperado cuarenta y ocho horas
creyendo que el gobierno y el Parlamento defenderían la causa del Ejército y la
Patria, y que en vista de que no lo habían hecho, que está decidido ha obligarlo
a hacer, en virtud de las atribuciones que le confiere la Constitución.”35.
El reencuentro del monarca con la gran familia militar exigía, pues, como
primera providencia, la dimisión en pleno del gobierno, lo que Montero Rios se
apresuró a verificar y nunca más pudo volver a la presidencia del Consejo.
Todo terminaría con la aprobación al año siguiente de la
famosa Ley de Jurisdicciones que consagraba la supremacía del fuero militar en
los supuestos delitos de prensa y opinión, cometidos por civiles, contra el
Ejército y la patria. Mientras se perpetraba este a todas luces atentado contra
la libertad de expresión, la buena marcha del trámite político quedaba
garantizada por una combinación de mandos que situaba al revoltoso y
republicanizante Luque y Coca como ministro de la Guerra, en pago tal vez por su
vibrante telegrama, y a tres incondicionales de palacio: Villar y Villate,
Martítegui y Delgado Zulueta en las conflictivas capitanías de Madrid, Barcelona
y Sevilla, respectivamente.
Pero el susto se lo habían llevado todos: el gobierno, que
quedó desamparado; los generales, sólo preocupados por su medro, que debieron
maniobrar con rapidez para ponerse al frente de los descontentos y no quedar
marginados; y el rey, entre asustado y conciliador, que estuvo a punto de ver
desbordado su paternal liderazgo. Porque lo que conviene resaltar de este
episodio es que, por vez primera, la mesocracia de uniforme irrumpe en el primer
plano de la vida política. Con toda claridad, estos modestos oficiales, de baja
graduación, escaso sueldo y corta carrera superarán el nivel de la simple
algarada y mejorarán su capacidad de organización y propuesta. En este sentido,
resulta ser un antecedente meridiano del movimiento juntero de 1917.
Sin embargo, Alfonso desaprovechó la oportunidad de darse
cuenta que el partido militar que pretendía liderar no se componía únicamente de
la élite formada por su círculo de favoritos, sino, sobre todo, de una amplia
masa de clase media baja, profesionalmente frustrada y estrecha de miras, en la
que desgraciadamente descansaba, nada menos, que el orden público y la defensa
del régimen. Como tampoco dispuso nunca de los recursos necesarios para darles a
todos, y eran demasiados, el salario y la carrera a los que creían tener
derecho, las Juntas de Defensa harán su devastadora aparición casi doce años
después, y el caótico partido militar terminó devorándolo todo, incluso a su
rey.
En esos doce años fue la aventura africana la que terminó
por desquiciar el cuerpo de oficiales. Ya hemos hablado de Alfonso como un niño
marcado para siempre por la humillación del desastre colonial, pero sus ansias
de regeneración patriótica se vehicularon a través de ensoñaciones imperiales,
como la fundación de una monarquía ibérica que exigiría la anexión de la
república portuguesa36.Pero,
si bien este descabellado proyecto no pasó nunca de los sondeos previos a las
cancillerías de París y Londres, la posibilidad de establecer un protectorado
casi exclusivamente militar en el norte del sultanato marroquí, terminó
convirtiéndose en una sangrienta realidad.
Desde 1909, en que se inicia la campaña de Melilla, hasta
1927 en que, tras el desembarco de Alhucemas, se liquidan las últimas bolsas de
resistencia rifeña, aquel ejército, vapuleado en Cuba y Filipinas, más que
sobrado de cuadros de mando, pero falto de material, de moral e instrucción, no
hizo más que arrastrarse sobre aquella achicharrada tierra entre peñascos y
aduares, entre sustos y a veces catástrofes, como la de Annual en 1921, ante la
impotencia de los gobiernos, la indiferencia a veces de la sociedad, pero el
dolor y la indignación, casi siempre, de los soldaditos y sus familias.
La sangría que supuso el establecimiento del protectorado
marroquí es achacable casi en exclusiva al rey y a su Ejército. Aquellas
montañas fueron el coto privado de ambos, y sirvieron para que el monarca
acreciera su poder e influencia a través del control de la diplomacia y el
refuerzo de sus lazos privilegiados con el sector más ambicioso del cuerpo de
oficiales37.
Las operaciones militares, antes del desastre de 1921, no se planificaban desde
el gobierno, sino que solían ser el fruto de la inspiración del que en ese
momento fuera el general favorito del rey, o, en ocasiones, de la simple y llana
indicación regia. Tal parece ser el caso de Marina Vega y García Aldave, que
disfrutaron de una excesiva autonomía en los tres primeros años de guerra38,
y es el caso del bizarro Fernández Silvestre y sus tormentosas relaciones con el
Raisuni39.
Pero para que Alfonso XIII pudiera ser llamado “El Africano”40,
su ejército debió someterse a una doble tensión. La primera, derivada de la
represión del descontento civil provocado por la nueva guerra colonial, le
aislará de la mayor parte de los sectores sociales del país. Las consecuencias
represivas de la Semana Trágica le echarán en brazos de la derecha dura del
régimen, encarnada en ese momento por el maurismo. Cuando en abril de 1911
republicanos, socialistas y reformistas intenten la revisión del proceso Ferrer,
incluso la derogación de la Ley de Jurisdicciones, el ruido de sables será
perfectamente audible desde los escaños parlamentarios, y el gobierno liberal de
Canalejas habrá de votar con los conservadores para conjurar el enfado militar.
La segunda tensión, consecuencia de los ascensos por méritos
de guerra, pondrá patas arriba la unidad interna del cuerpo de oficiales. Desde
1898, en que se produjeron los últimos, los pequeños burócratas de uniforme
habían esperado largos años en los hipertrofiados escalafones, con entristecida
conformidad, a que les correspondiera el ansiado ascenso al empleo superior
inmediato. Cuando a fines de 1909 se abrió la veda, una verdadera catarata de
ascensos y recompensas anegó la aletargada comunidad militar41.
Casi de inmediato renació el temor a conocidas enfermedades de siempre como el
favoritismo y el enchufismo y, aunque primero se acusó de su propagación al
generalato más influyente en los medios ministeriales y palatinos, resultaba
imposible que no se terminara poniendo en el punto de mira al mismo rey,
dispensador generoso de ascensos y honores, según proclamaba el artículo 53 de
la Constitución.
Haciéndose eco de los temores de la oficialidad, “La
Correspondencia Militar”, periódico contrario al general Luque, ministro
promotor de aquel diluvio de ascensos y recompensas, puso en marcha una campaña
para revisarlas y, denunciando casos de favor, pidió la escala cerrada para la
caballería y la infantería, que no la disfrutaban. El 12 de enero de 1910, unos
cuatrocientos oficiales de ambas armas se manifestaron ante la redacción de
aquel periódico agradeciendo sus esfuerzos. Ese acto de indisciplina obligó al
gobierno a relevar al capitán general de Madrid, Villar y Villate, y a dos
coroneles con mando de regimiento en esa guarnición. También fueron enviados
bajo arresto a diferentes castillos los comandantes Julio Amado, director de “
La Correspondencia Militar”; Gonzalo Queipo de llano, “Santiago Vallisoletano”
para sus lectores; y Pignatelli de Aragón, al que de nada le sirvió la inmunidad
que le proporcionaba su acta de diputado. Como siempre en estos casos, también
se cerró el Circulo Militar42.
Pero la agitación no se calmó. El viernes 14, ante el temor de que las protestas
de los oficiales se reprodujeran, y esta vez delante del edificio de
Presidencia, el rey se planteó dar marcha atrás en el tema de las recompensas.
El ministro de Fomento, Rafael Gasset, hubo de convencerle de que sería
contraproducente revisarlas bajo la presión de los sables43.
No fue la última vez que el real ánimo flaqueó impresionado por el vaivén de los
acontecimientos.
Aquel mismo año Julio Amado fue elegido diputado como
“monárquico independiente” para iniciar una campaña a favor de la escala
cerrada, es decir, de los ascensos por estricta antigüedad sin defectos. En
diciembre de 1912 expuso en El Congreso una encuesta realizada entre los
oficiales de las armas generales, en la que se mostraban abiertamente opuestos a
los ascensos por méritos44,
al tiempo que su influyente periódico continuaba denunciando favoritismos e
influencias en el sistema de promoción. El 18 de marzo de 1913 el movimiento
alcanza tal amplitud que deben ser clausurados el club de oficiales de Madrid y
el Centro del Ejército y la Armada45.
La consecuencia más evidente de aquellas recompensas
coloniales de justicia más o menos acreditada fue destacar un selecto grupo de
oficiales jóvenes y audaces, los “africanistas” de la generación de 1915, que
pulverizaron los escalafones por donde deberían haber transitado con la
exasperante lentitud de la mayoría de sus compañeros de guarnición en la
península.46.
Africanistas y peninsulares: una división que tendría enormes consecuencias en
el futuro.
Pero, aunque la unidad corporativa del Ejército quedó muy
seriamente afectada por las tensiones que las chapuzas bélicas africanas
inflingieron a su sistema de promoción y carrera, El monarca ni se dio por
aludido, ni emprendió ningún estudio del problema. No se percató de que sólo era
cuestión de tiempo que el descontento funcionarial le señalase como el gran
patrocinador de la red de favoritismos en que se había convertido la vida
militar.
Mientras tanto vivía en el cenit de su poder e influencia.,
llegando al punto de no considerar necesario ocultarse por más tiempo. El 15 de
enero de 1914 el entonces ministro de la Guerra Ramón Echagüe y Méndez Vigo,
conde del Serrallo y grande de España, lealísimo servidor de S.M., publicaba una
Real Orden en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra en la que se
reconocía como habitual, y se consagraba como buena, la constante intromisión
del rey en los asuntos de personal del mundo castrense, al tiempo que se
establecía comunicación directa entre el trono y sus oficiales a espaldas del
ministerio y del gobierno47.
He aquí el sabroso texto: “Excmo. Sr.: El rey (q.D.g.), impulsado por su interés
y amor hacia el Ejército, y como Jefe supremo del mismo, interviene directa y
constantemente en cuanto se relaciona con las tropas, así como en la concesión
de mandos y ascensos, demostrando especial complacencia en estimular al que
contrae relevantes méritos y presta servicios que contribuyen al
engrandecimiento y prosperidad de la Patria. Con este motivo y en determinadas
ocasiones, nuestro Augusto Soberano se digna honrar a los generales, jefes y
oficiales, dirigiéndose a ellos directamente por carta o telegrama para hacerles
manifestación de su aprecio; y con objeto de que los favorecidos con tan alta
distinción puedan corresponder seguidamente en igual forma, es la voluntad de
S.M. que a los dichos generales, jefes y oficiales, en este caso concreto, se
les autorice para contestarle también directamente sin intervención de persona
alguna. De R.O. lo digo a V.E. para su conocimiento y demás efectos. Dios guarde
a V.E. muchos años. Madrid 14 de enero de 1914.- Echagüe.”48
Afortunadamente la opinión pública no estaba del todo muerta, y alguna polvareda
levantó esta Real Orden en la prensa civil, pues tanto “El Diario Universal”,
como “El Socialista” la tacharon de inconstitucional49.
Y lo que tenía que ocurrir, ocurrió. Los mesócratas de
uniforme, castigados por la saturación de los escalafones, las recompensas
africanas y la inanidad de los salarios provocada por la inflación que trajo la
Gran Guerra, terminaron cuajando un movimiento corporativo seudosindical, Las
Juntas de Defensa, que casi vuela por los aires el andamiaje de la Restauración.
No se trata en estas pocas líneas de hacer un relato exhaustivo del nacimiento y
la muerte de estos organismos, sino de intentar analizar la relación que el
monarca mantuvo con ellas.
Las Juntas de Defensa representan en el fondo la necesidad
funcionarial de salario, promoción y carrera. Pero no puede haber funcionario
satisfecho si el estado carece de recursos que hagan posible la satisfacción de
esas necesidades. La hueca adulación, el regio paternalismo, que únicamente supo
crear clientelas de favor y no verdadera carrera, no sólo no podían sustituir
las insuficiencias de un estado exangüe, sino que terminaban hiriendo de
muerte la unidad y estabilidad interna del propio cuerpo de oficiales, y
hacían más imposible todavía su tranquila integración funcionarial en un
hipotético estado moderno. En este sentido, la aparición de las Juntas de
Defensa denuncia el estrepitoso fracaso de la mezquina política militar del rey,
y de los políticos de la Restauración que no supieron crear la suya propia
arrebatándola de las reales manos.
Caben pocas dudas sobre el hecho de que el monarca estuvo al
corriente de la existencia de las Juntas desde sus primeros pasos50..
Si diéramos valor al testimonio de Romanones, el rey fue el primero en
enterarse, a través de sus contactos con jóvenes oficiales, y luego informó al
presidente del Consejo de la aparición de aquellas nuevas juntas en el arma de
infantería. A su vez, éstas se sentían autorizadas y legitimadas porque, como
decía la Junta Superior en el manifiesto de 1 de junio de 1917: “Elevó su
reglamento a manos de su superior autoridad y estaba persuadida de que había
llegado a las más altas manos, y al no haberle sido vedada su actuación, se
hallaba orgullosa de la alteza de sus miras y propósitos”51.
También queda bastante bien ilustrada la pendular
irresolución de Su Majestad52.
Alfonso no sabía qué hacer con las Juntas en aquellos meses anteriores a su
reconocimiento oficial. En principio, y coincidiendo en ello con Romanones y
Luque, su presidente del Consejo y ministro de la Guerra respectivamente, era
contrario a la actuación gremial de los oficiales. Pero, luego, su pusilánime
temor a perder las simpatías de su brazo más querido, el militar, le hacía dar
palmaditas en la espalda al capitán general de Cataluña Alfau Mendoza, enlace
oficioso de las Juntas con el gobierno. En definitiva, los nuevos organismos de
defensa gremial no podían ser de su agrado porque cercenaban la regia
prerrogativa del artículo 53, cuestionaban su paternalismo, y podían terminar
situándole al mismo nivel que el resto del generalato, acusado ya del cultivo de
chapuzas y favoritismos. Ello no obstó para que luego pensara en utilizarlas en
beneficio propio, “borbonearlas” sería el verbo, sin imaginar que él también
quedaría desbordado por el estallido juntero53.
Estallido del que fue el primer responsable, cuando en otro de sus movimientos
pendulares, instó a Aguilera, el nuevo ministro de la Guerra del gabinete García
Prieto, a acabar sumariamente con ellas. El novel ministro se apresuró a cumplir
la regia indicación a espaldas del propio gobierno, que hubiera preferido una
línea de acción más contemporizadora54.
Pero, una vez más, el monarca no aguantó el envite. Con la
Junta Superior encarcelada en Montjuich y las guarniciones de todo el país
dispuestas a demostrar enérgicamente su solidaridad con ella, Alfonso volvió a
maniobrar a espaldas de su gobierno y envió como su emisario personal a la
sublevada Barcelona al comandante de caballería don Mariano Foronda55,
quien acompañado del editor Sopena comunicó, sobre las cuatro de la tarde del 1
de junio, a la Junta Superior encarcelada su pronta liberación56.
En los primeros días de aquel frenético junio de 1917 el rey
mantuvo el contacto con las Juntas, procurando ganar parte del terreno perdido.
Comisionó al prestigioso Weyler a las guarniciones de Zaragoza y Pamplona con el
mensaje de que todas las aspiraciones del Ejército se le elevasen a su muy alta
y real consideración57,
y en un más que forzado “trágala” no dudó en calificar de “patriótico” al
naciente movimiento militar en unas declaraciones concedidas al “Daily Express”58.
Era en vano, si bien en todo momento las Juntas acreditaron
su monarquismo59,
no estaban dispuestas a que el rey, siempre mal aconsejado, por supuesto,
“mandara” en el Ejército. En una entrevista concedida el 13 de junio de 1917 por
un oficial desconocido al diario “La Independencia” de Almería se cuestionaba
uno de los mecanismos básicos del poder del soberano sobre el Ejército:
“Deseamos también el relevo del cuarto militar de Su Majestad, y que por él
pasemos todos por turnos, porque hoy, debidos esos puestos al favor y a la
influencia, los que los ocupan no tienen la independencia necesaria para decir
al Jefe del Estado cuales son nuestras aspiraciones y nuestras necesidades”, y
unas líneas más arriba las concretaba así: ”Ante todo. La escala cerrada y el
ascenso por antigüedad para evitar el reinado del favoritismo”60.
Tres semanas después el ministerio de la Guerra daba un Real decreto (4 de julio
de 1917) reglamentando el tiempo de permanencia en la Casa Militar a un máximo
de cuatro años para todos sus miembros, lo que supuso al rey tener que
deshacerse de una parte del personal que en ella le servía. Hubo de ser pérdida
sensible la del general de brigada Juan Lóriga y Herrera Dávila, conde del
Grove, que ya estaba a su servicio, entonces como profesor, en los días lejanos
de su menoridad.
El siguiente susto se lo llevará Alfonso a primeros de agosto
cuando el coronel Benito Márquez, presidente de la Junta Superior de Barcelona,
le hizo llegar un documento, que consiguió no contestar, en el que se le pedía
un gobierno de concentración, Cortes constituyentes, y se le adjuntaba, nada
menos que la lista de los ministros del próximo gabinete. Tuvo la Junta, eso sí,
la deferencia de colocar en Guerra al general Carlos Borbón-Sicilia, cuñado del
rey y hombre de su confianza. La contrapartida ofrecida a la humillante
aceptación del mensaje no podía ser otra que la garantía del pleno apoyo militar
a la corona61.
Pero, tras la represión de la huelga general de agosto, el
Ejército se consolida aún más como el árbitro de la situación política, a fines
de octubre hace caer al presidente Dato, impone al rey un gobierno de
concentración e, incluso, el nombre del nuevo ministro de la Guerra, el primer
civil en esta cartera: Juan de la Cierva y Peñafiel, verdadero síntoma de la
poca confianza que las Juntas tenían en el generalato. Fernández Almagro
describe así la humillación del trono y su gobierno en esta crisis: “No hizo
falta llegar a la entrega material del ultimátum fulminado por las Juntas, hecho
público el día 25. A la noche siguiente, se reunió la Junta de Infantería en el
Centro madrileño del Ejército y la Armada; esperó el rey hasta hora muy avanzada
la noticia de haberse consolidado la unanimidad, y por la mañana licenció a
Dato”62.
Sin embargo, es interesante observar que el monarca, aunque debilitado, es el
eje intocable alrededor del cual gira toda la crisis, en la que , por cierto ya
no se exigen Cortes constituyentes. Ello es así porque las Juntas estarán
siempre limitadas por su adhesión al rey soldado, aunque sea Borbón.
Con el nuevo gobierno de concentración presidido por García
Prieto, Alfonso deberá convivir por primera vez con un ministro de la Guerra, La
Cierva, que le ha sido impuesto. Se podría decir que al Ejército le han salido
dos novios que necesariamente rivalizarán en sus declaraciones de amor y en sus
regalos. De todos modos la obligada cohabitación no duró mucho. Un ejemplo
divertido de los lances entre los dos competidores se dio en el banquete de
homenaje a la bandera de la antigua Academia General Militar ofrecido en febrero
de 1918 en el Hotel Palace, con la asistencia de 1500 generales, jefes y
oficiales. El ágape, en el que La Cierva, el nuevo gran proveedor, pensaba
brillar con luz propia, se había planteado como un acto de confraternización de
los oficiales particulares63
con su generalato, tanto más necesario cuanto que la fractura entre ambos nunca
se había evidenciado tanto. Tiempo le faltó al rey para hacerse invitar, por la
insistente gestión del célebre general Silvestre, entonces ayudante de campo de
su Casa Militar, y años más tarde presunto suicida en los parapetos de Annual.
No contento con la mera invitación, el discurso que pronunció Su Majestad al
final del banquete, no previsto en ningún guión, le reservó los más delirantes
entusiasmos64.
De todos modos ambos rivales no perdieron de vista que debían
unir esfuerzos para contentar a las Juntas. Parece ser que en el paquete de
reformas, en el que se contemplaban sabrosas subidas salariales, colaboró el
mismo rey65,
el cual estimulado por la amenazadora asamblea que protagonizaba la guarnición
de Madrid en el Círculo militar, no dudó en apoyar al ministro enfrentado al
resto del gabinete por querer aprobar las aludidas mejoras a golpe de Real
decreto y dejar para más adelante el trámite parlamentario. El gabinete García
Prieto estaba, después de esto, herido de muerte, pero las Juntas hicieron saber
por boca del Capitán General de Madrid, Ochando, que no tolerarían la ausencia
del generoso La Cierva en cualquier ulterior combinación ministerial. Como si
hiciera falta, emisarios de la guarnición barcelonesa sostuvieron la firme
actitud de sus compañeros de la corte. Sin embargo, cumplido su papel, el
ministro de la Guerra comenzaba a ser un estorbo para el monarca: pocos días
después, 19 de marzo, supo hacerlo dimitir desautorizándolo en su gestión de una
preocupante huelga de correos y telégrafos66.
Luego de la caída del gobierno García Prieto, advino otro de
Maura, llamado “nacional”, en el que militaron todos los pesos pesados de la
época. Con su fracaso murió la última posibilidad de ilusionar del régimen. Se
sucedieron más gobiernos: débiles, ciegos, moribundos ... La rebeldía sindicada
del cuerpo de oficiales se mantuvo vigilante, contrariando las esperanzas del
monarca de que los nuevos sueldos y reformas, repartidos por La Cierva aquella
primavera de 1918, hubieran acabado para siempre con la pesadilla uniformada. Al
contrario, las Juntas gozaban de buena salud y sometían a los gobiernos a su
arbitrio. Alguno cayó sin que pudiera disimularse que lo hizo fulminado por
ellas. Fue el caso del gabinete Sánchez de Toca, descabalgado a fines de 1919
por el caso de los alumnos de la Escuela de Guerra67.
La crónica debilidad de los gobiernos permitió que dos de los
más grandes problemas nacionales, la situación en Barcelona y Marruecos,
permanecieran prácticamente al margen de su gestión directa. Ambos terminaron
generando virreinatos regidos por equipos militares estrechamente vinculados a
la corona e independientes de posibles directrices gubernamentales, bien
entendido que la corona protegía más que dirigía la gestión de sus pupilos
militares.
Barcelona, patria y bastión de las Juntas, crispada siempre
por el problema catalanista y obrero, tuvo en aquellos años, en que el Estado de
Guerra o la suspensión de las garantías constitucionales eran la norma, a
Joaquín Miláns del Bosch y Carrió como Capitán General, y, sobre todo a
Severiano Martínez Anido, primero en el gobierno militar de la plaza, y luego en
el gobierno civil. Ambos eran antiguos palaciegos, ayudantes de órdenes de Su
Majestad por más señas: Miláns en 1904-1907, Martínez Anido en 1910. El primero,
vigilado por las Juntas, desconoció con aplicación los intentos conciliatorios
del gobierno Romanones en la huelga de la Canadiense; facturó para Madrid al
entonces gobernador civil y al jefe de policía, por parecerle poco afectos; y su
olímpica independencia de criterio acabó, en suma, forzando la dimisión del
gobierno68.
Eso sí, lo que de verdad le preocupaba, además de no enajenarse las simpatías de
las Juntas, era cosechar la cariñosa aquiescencia del trono. Así, una carta de
su archivo documenta la visita del teniente coronel José Caro Cruells, ayudante
de órdenes de S.M., al que puso al corriente de todas las vicisitudes de su
mando en Barcelona, y del que recibió la grata indicación de que el Rey “Estaba
satisfechísimo de mi”69.
En definitiva, en aquella hondísima crisis social y política, Miláns actuaba,
aplaudido por Alfonso, como el apaciguador de las crispadas Juntas de Barcelona.
Si el monarca debía elegir en aquel momento entre su antiguo ayudante de órdenes
y el presidente del Consejo, no iba a dudar. Cuando diez meses después, en
febrero de 1920, sí se haga necesaria la dimisión del virrey de Barcelona, no
será el ministro de la Guerra quien la obtenga, sino el propio rey por medio de
un telegrama personal70
El otro hombre del equipo, Martínez Anido, tristemente
ilustre por su maestría en la aplicación de la ley de fugas, también supo dar
buena muestra de su independencia con respecto a los gobiernos de turno,
independencia tal vez sostenida por las más altas manos, que de esta manera
pensarían granjearse el agradecimiento de Cambó y la gran burguesía catalana.
Este curioso personaje no tenía empacho en declarar en 1921 a la prensa
barcelonesa: “No quiero saber nada del gobierno; el gobierno no ha tratado de
darme instrucciones, como se ha venido haciendo con anteriores gobernadores. La
sola condición que impuse al aceptar el cargo fue la de una absoluta autonomía
en mi gestión...”71.
En Marruecos, los dos protegidos del monarca eran el general
Dámaso Berenguer, Alto Comisario del protectorado, y, sobre todo, Manuel
Fernández Silvestre, Comandante general de Melilla, predilecto de antiguo, como
ya vimos, en la real privanza y, consiguientemente, ajeno a tediosos controles
gubernamentales. Su independencia era vista, también, con amistosa indulgencia
por Berenguer, su jefe directo, aunque algo más moderno en la asunción del
generalato. Ocupado como estaba en la Yebala, tampoco quiso fiscalizar qué hacía
por el Rif un subordinado con amistades tan altas. Parece que el valeroso e
impulsivo Silvestre prometió a su regio protector la toma de Alhucemas para el
día de Santiago de aquel fatídico 1921. El entusiasmo del monarca dicen que se
concretó en un indiscreto telegrama nunca hallado, cuyo texto, ejemplo de
campechanería borbónica, sería algo así como: “¡Olé los hombres! El 25 te
espero”72.
Sea como fuere la irresponsable audacia de Silvestre, estirando alegremente sus
líneas hacia el corazón del Rif sin reforzarlas ni asegurar su retaguardia, y
tal vez jaleada por el trono, acabó en un colosal desastre militar con diez mil
muertos encima de la mesa. No sólo era el fracaso de Ejército; era, sobre todo,
el fracaso de la monarquía; el principio del fin de Alfonso el Africano.
Como consecuencia inmediata de la hecatombe, el Ejército se
vio dividido hasta extremos intolerables por dos grandes debates: africanistas
contra junteros y responsabilistas contra impunistas. También empezó a
resquebrajarse el poder omnímodo de las Juntas de Defensa. Todo el mundo estaba
harto de ellas, por lo que a los africanistas les resultó más fácil hacerse con
la trastornada opinión pública y lanzarla contra sus rivales junteros. Además,
con el final de la Primera Guerra Mundial y el relanzamiento de las operaciones
en nuestra zona del protectorado, los africanistas habían ganado peso
específico, y la necesidad de recompensar los actos de valor no hacían parecer
tan monstruosos los ascensos por méritos. Por si fuera poco, luego del
hundimiento de la Comandancia de Melilla, quedaba claro que sólo los
profesionales de África estaban en condiciones de recuperar el terreno y el
prestigio perdidos. Los que tuvieran buen olfato podían percibir ya un cambio en
la dirección del viento.
A primeros de enero del año siguiente, pareció que las nuevas
circunstancias permitían dar un paso decisivo en la domesticación del movimiento
juntero. La Cierva, otra vez ministro de la Guerra en un gobierno Maura,
presentó a la firma del monarca un Real decreto por el que “Las Comisiones
Informativas”, nuevo nombre por el que eran conocidas las Juntas de Defensa
desde el 30 de diciembre de 1919, pasarían a formar parte de las secciones
respectivas del ministerio de la Guerra; sus componentes serían elegidos por el
ministro en terna presentada por el Arma; y se prohibía, además, cualquier tipo
de cotización.
El rey estaba objetivamente interesado en acabar de una vez
con aquellos organismos que tanto habían socavado su poder e influencia en el
Ejército. Pero una vez más, su congénita pusilanimidad; su deseo, también de
seguir siendo el referente de la fracción que todavía le parecía más fuerte, por
más que sus verdaderas simpatías se decantaran, como es lógico, por el lado
africano, le abocaron a negar su real autógrafo al pie del decreto presentado73.
Incluso parece que en las horas anteriores no se pudo abstener de dar
seguridades escritas a los representantes de las atribuladas Juntas: “Estad
tranquilos. Si se presenta este decreto, como soy bastante torpe, tengo que
estudiarle algunos días”74.
No se arredró Maura, bragado en estas lides desde los lejanos tiempos en que la
regia imposición de Polavieja para el Estado Mayor Central le lanzó de su primer
gobierno allá en 1904, y contraatacó el once de enero con la dimisión en pleno
del gabinete. Sondearon las Juntas a Santiago Alba, por medio del general
Burguete, como posible sustituto del testarudo Maura. La negativa prudente de
aquél obligó a confirmar a los dimitidos y , al fin, el 16 de enero la reticente
firma se estampó al pie del Real decreto.
Ya eran claramente perceptibles los difíciles equilibrios del
monarca en un ejército cada vez más dividido y fragmentado. En la esfera
parlamentaria y en la calle su posición en el debate de las responsabilidades se
hacía insostenible. El 27 de octubre de 1921 Indalecio Prieto abordaba en el
Congreso el tema espinoso de las relaciones del rey con Silvestre, pero fue,
sobre todo, un año después, en sendos discursos los días 21 y el 22 de noviembre
de 1922, que la oratoria del tribuno socialista puso a Alfonso contra las
cuerdas. Por si todo esto fuera poco, en el mes de julio el Consejo Supremo de
Guerra y Marina decidió procesar al general Dámaso Berenguer, uno de los más
importantes palatinos, por su actuación como Alto Comisario del protectorado. La
marea responsabilista lamía ya las gradas del trono.
Con la confianza de las Juntas y de la opinión pública en
entredicho, el rey se creyó obligado a tomar la iniciativa y recuperar la
simpatía del cuerpo de oficiales. En ocasión de un viaje a Barcelona, patria y
bastión juntero, se celebró en Las Planas, el 6 de junio de 1922, un banquete
organizado por la Cooperativa Militar en el que se reunió la guarnición de la
plaza. Ello le dio pié a un discurso en el que se presentó como el primer
compañero de todos, invocando el retorno a una disciplina fundada en el honor y
la camaradería. Se trataba, en suma, de devolver al redil al renuente rebaño
juntero. Si esa era la música, esta era la letra:” Yo he jurado la misma bandera
que vosotros y he ratificado ese juramento ante la más alta representación de la
Patria, que son las Cortes, con la mano puesta sobre los Evangelios. Este
juramento no tendría ningún valor si yo no lo hubiera hecho como delegado
vuestro ... Además vosotros tenéis unos reales despachos recibidos de mis manos,
que son como un contrato que hay que cumplir, y cuando yo juraba, lo hacía en
nombre de vosotros y por el honor de todos ... Yo os ruego que os acordéis
siempre que no tenéis más compromiso que el juramento prestado a vuestra Patria
y a vuestro rey ... Estoy convencido de ello. No os pido más que os acordéis de
que todos somos oficiales del Ejército español, y tenemos unas Ordenanzas que
estamos obligados a cumplir y una disciplina que observar”75.
Todo un modelo, como vemos, de patrimonialización del Ejército a través del
mecanismo de identificación emocional que supone la figura del rey soldado. El
éxito estaba garantizado. Satisfecho, se volvió hacia Sánchez Guerra, entonces
nuevo presidente del Consejo, y con desparpajo borbónico le espetó: “ Había que
poner el cascabel al gato, y lo he puesto”76.
Pero el gato resultaba ser más arisco de lo imaginado. Con
motivo de la entrega en Sevilla de una bandera al grupo de regulares de Larache,
se celebraron distintos actos castrenses del 14 al 17 de octubre de 1922 con la
presencia de los reyes. En uno de esos actos se trataba de condecorar a dos
conspicuos africanistas, el general Sanjurjo y el teniente coronel González
Carrasco. La celebración fue boicoteada por los oficiales de infantería de la
guarnición que negaron su asistencia, seguramente en represalia por que 300
oficiales africanistas habían abandonado el movimiento juntero la primavera
anterior. El insulto que significaba el desplante a Sus Majestades fue recogido
por el grupo rival: el 7 de noviembre Millán Astray, nuevo favorito del rey,
hacía pública su dimisión del Ejército, arrastrando la simpatía solidaria de
Mola, Franco y el conjunto de oficiales de La Legión77.
El 10 de noviembre un artículo en ABC cargaba sobre las Juntas todo el peso de
la culpa de nuestra situación militar en África.
Su fin se aproximaba a pasos agigantados. El 14 de
noviembre el gobierno, de una vez por todas, se atrevió a disolverlas. Esta vez
a Alfonso, respaldado por regulares y legionarios, no le tembló el pulso. Tres
semanas antes, Martínez Anido y Arlegui, los hombres de confianza del rey en
Barcelona, y también de las patronales, eran destituidos de sus cargos, aunque
no por ello terminaría la guerra sucia contra el movimiento obrero catalán.
Pero seguían en pié las responsabilidades africanas, en un
ambiente de enorme crispación militar y escaso respaldo a la corona. A fines de
1922 –Sánchez Guerra ya había dejado paso al que sería último gabinete
constitucional, presidido otra vez por el siempre fugaz García Prieto- se
desataron rumores, recogidos por “El Heraldo” del día 29 de diciembre, de un
posible golpe de estado, de signo republicano esta vez, auspiciado por los
generales con Mando en Madrid78.
El nerviosismo de palacio comisionó raudo al conde del Grove a fin de que
pudiera confirmar, o no, el monarquismo de los conjurados79
Por las mismas fechas debió suspenderse un acto militar a favor de la monarquía
por la negativa a participar de uno de los regimientos de la guarnición. También
se notaba inquietud entre la oficialidad barcelonesa y enorme desaliento en la
de Melilla, la más afectada por el tema de las responsabilidades.
En el primer semestre de 1923 la situación fue empeorando de
día en día. El 23 de enero los rifeños liberaron a los prisioneros tomados
durante el desastre de Annual a cambio de 4 millones de pesetas80.
Por si esto no fuera suficientemente humillante para el Ejercito, al poco
trascendieron las negociaciones de paz entre el ministro de Estado, Alba, y el
Alto Comisario, Luis Silvela, por un lado y Abd-El-Krim y El Raisuni, por el
otro. Mientras, caían asesinados en las calles, entre otros, el Noi del Sucre en
Barcelona, el 10 de marzo, y el arzobispo de Zaragoza, cardenal Soldevila, el 4
de junio.
La dictadura, amparada en las bayonetas, se perfilaba en el
inmediato horizonte hasta para los mas desavisados. Pero ¿Quién sería el
dictador?. En Madrid galleaba el teniente general Aguilera hasta que una
bofetada del líder conservador Sánchez-Guerra lo dejó fuera de la competición81.
También en la capital, formaban turbulenta tertulia sin cuidarse mucho de la
discreción, los cuatro generales conocidos como “el cuadrilátero”: Saro, Dabán,
Cavalcanti y Berenguer(Federico). Con ellos y con el duque de Tetuán, general
Juan O’Donnell y Vargas, se entrevistó el Capitán General de Cataluña, Miguel
Primo de Rivera, quien, como sabemos, terminaría imponiendo su proyecto con
éxito.
Pero lo más sorprendente de aquellos días en que se deshacían
los cimientos de la Restauración fue que el propio rey, delatando así su
vocación de espadón decimonónico, se postuló como un posible dictador apoyado en
el partido militar. Poca gracia debió hacerle que las conspiraciones
incontroladas pudieran llegar a tener carácter republicano, como la que
denunciaba “El Heraldo” a fines de 1922, y tal vez creyó que su gobierno
personal resultaría la mejor opción para la continuidad de la dinastía. Para
ello pensaba desempolvar la Junta de Defensa Nacional, organismo casi moribundo
creado por Maura en 1907 para cubrir por entero la responsabilidad del monarca
como jefe supremo de los ejércitos de mar y tierra y dar continuidad, más allá
de gobiernos menos que pasajeros, a la política de defensa. Naturalmente sus
reuniones habían sido muy escasas. Bajo la presidencia del rey, sus vocales
eran: El presidente del Consejo de Ministros, los ministros de Guerra y Marina,
los ex presidentes del Consejo de los partidos gubernamentales, y los Jefes de
los Estados Mayores del Ejercito y de la Armada82.
Requirió oficialmente Alfonso la opinión del venerable Maura sobre su proyecto
de gobierno personal. El anciano se lo desaconsejó, y refiriéndose al apoyo del
brazo militar, éste fue su dictamen: “Sería menos nocivo que quienes han ido
imponiéndose en trances críticos asumiesen entera la función rectora bajo su
responsabilidad”83.
Resulta poco menos que increíble que el monarca no se diera
cuenta que de todos los candidatos posibles él era el peor situado. Había
contribuido como nadie a la parálisis del juego de partidos, pero, sobre todo, y
esto es lo que aquí más nos interesa, a la fragmentación y crispación de quienes
podrían conformar el partido militar, el único con suficiente poder para
sostener un dictador. Su personalismo; su intervencionismo; su obsesión por
patrimonializar el cuerpo de oficiales y asegurarse unas clientelas adictas; la
malhadada aventura africana y su política de recompensas; la protección
dispensada a militares de su confianza que desarrollaban, a espaldas de los
gobiernos, políticas propias luego estrepitosamente fracasadas, como fue el caso
en África y Barcelona, le invalidaban para conjugar o, al menos, disfrazar en
aquella hora, los intereses contrapuestos de junteros y africanistas, de los
cuerpo facultativos y de las armas generales, del “ejército de Madrid” y de las
guarniciones de la periferia, de los oficiales generales y de los oficiales
particulares, etc , etc, etc,. Que, en 1923, Primo de Rivera estuviera mejor
situado que el propio rey para remendar aquel ejército roto y aprestarlo a la
defensa de sus intereses distintos y contrapuestos, muestra con claridad el
fracaso de la monarquía en su política militar84.
Alfonso nunca supo darse cuenta de que aquel ejército
vencido, anticuado y excedido de mandos que sobrevivió a la catástrofe del 98
necesitaba una profunda reconversión, que su patronazgo clientelar no podía
sustituir. Reconversión, que las clases pudientes no estaban dispuestas a
sufragar. Sin recursos, la máquina militar sólo estaba en condiciones de
realizar tareas policiales contra los opositores internos al sistema85,
o pasar muy serios apuros en aventuras coloniales de alpargata. También es
cierto que la mayoría del cuerpo de oficiales únicamente deseaba salario y una
oportunidad de carrera. No percibían la necesidad de una reconversión militar
problemática y profunda que podía significar para ellos la pérdida de lo que más
ansiaban: justamente ese salario y esa carrera. El hecho es que cuando el nuevo
espadón, Primo de Rivera, intentó tantear algo parecido a la “reconversión del
sector”, pero sin tocar el problema de fondo, que era el excedente monstruoso de
oficiales, terminó enajenándose el apoyo, por poner en peligro sus diferentes
intereses corporativos, de quienes le habían puesto en el poder: las diversas
familias militares, por más que sus propuestas de reorganización resultaban
superficiales y parciales86.
En definitiva, lo que hemos querido apuntar
son los mecanismos internos que fracturaron la relación del rey con sus
Ejércitos. Relación que, siguiendo el insustituible análisis de Lleixà87,
resulta fundamental en la arquitectura de la Restauración, construida sobre el
dualismo generado por la escisión del rey y sus Ejércitos, de un lado, y el Jefe
del Estado y sus aparatos civiles –gobierno, Cortes, administración periférica,
etc.-, de otro. La única charnela unitiva de ambas vertientes estatales
resultaba ser el propio monarca. Con el paso del tiempo, una de las dos
dimensiones, la que hemos explorado, el rey con sus Ejércitos, terminó
marginando a la otra en la preservación del orden social y político existente,
así como en la garantía de la unidad del Estado. Lo que hemos intentado estudiar
en estas líneas es el deterioro progresivo de esa relación hegemónica. La
negativa del monarca a reformar y fortalecer el Ejército, convirtiéndolo en un
aparato burocrático moderno, sin mácula de clientelismos desmoralizadores; la
incapacidad del subsecuente dictador de afrontar con éxito esa tarea aplazada,
dieron al traste con el régimen. Nació la República, pero heredó el doble
problema de la impopular reconversión militar y la desmilitarización del Estado.
1
Sobre el tema del rey soldado consultar: CARDONA, Gabriel: El poder militar en
la España contemporánea hasta la guerra civil. Madrid 1983. pp.44-45; véase
también: SECO SERRANO,Carlos: Militarismo y civilismo en la España
contemporánea. Madrid 1984. p 188; BOYD, Carolyn P.:La política pretoriana en el
reinado de Alfonso XIII. Madrid 1990. p. 20; PAYNE,Stanley G.: Los militares y
la política en la España contemporánea. París 1968. p. 42
2 SECO SERRANO, Carlos:
Militarismo ... p. 198
3 HEADRICK, Daniel R.:
Ejército y política en España (1866-1898). Madrid 1981. pp. 219-220
4
HEADRICK, Daniel R.: Ejército y ... p. 220
5 CARR, Raymond: España
1808-1939. Barcelona, 2ª edición, 1970. p. 344
6
FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado de Alfonso XIII. Barcelona
1934. p. 11
7 PILAR, princesa de
Baviera y CHAPMAN-HUSTON, comandante Desmond: Alfonso XIII. Barcelona 2ª
edición. 1952. pp. 85-86.
8
CROZE, Austin de: Alphonse XIII intime et la cour d’Espagne. 1902. p. 14,
recogido en BACHOUD,Andrée: Los españoles ante las campañas de Marruecos. Madrid
1988. p. 79.
9 BACHOUD, Andrée: Los
españoles ... p. 79.
10
Y no nos referimos sólo a los innumerables óleos y fotografías oficiales. Cual
artista de cine, también acostumbraba a distinguir a determinados militares a
los que consideraba especialmente afectos, con su retrato dedicado. Por ejemplo,
el que recibió el general Milans del Bosch y Carrió en 1921 con una dedicatoria
en la que se le apostillaba de “siempre jinete y mi capitán de guardias”. E n la
foto Alfonso aparece de uniforme, luciendo un picudo casco y con la nostálgica
mirada de los avezados capitanes perdida en la lejanía, en CARDONA, Gabriel: Los
Milans del Bosch, una familia de armas tomar. Entre la revolución liberal y el
franquismo. Barcelona 2005.
11 PILAR, princesa de
Baviera y CHAPMAN-HUSTON, comandante Desmond: Alfonso ... pp. 319-320.
12 Prueba de ello es
este pasaje del discurso que pronunció el 7 de junio de 1922 en una comida con
la guarnición barcelonesa en “Las Planas”: “Ponemos, por ejemplo, al Ejército
alemán, ese ejército que hoy no existe y que, sin embargo, yo aconsejaré a mis
oficiales tomen como modelo ... porque este ejército tenía un contenido ideal,
en el que debemos inspirarnos todos.”, en CARDONA,Gabriel: El poder militar ...
p. 41
13 CARR,Raymond: España
... p. 338
14 BOYD, Carolyn P.: La
política pretoriana ... p. 22
15 ROMANONES, conde de:
El Ejército y la política. Apuntes sobre la organización militar y el
presupuesto de la guerra. Madrid. 2ª edición.1921. pp. 79-85
16 ROMANONES, Conde de:
Notas de una vida. Tomo II. Madrid 1947. pp. 46-48
17 AZAÑA, Manuel: Obras
completas. Tomo III. México 1967. p. 886. (edición de Marichal)
18 MAURA, duque de; y
FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Por qué cayó Alfonso XIII. Evolución y disolución de
los partidos históricos durante su reinado. Madrid 1948. p. 47
19 Diario íntimo de don
Alfonso. Página correspondiente a la entrada del último año de su menoridad.
Reproducido en: FERNANDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia política de la España
contemporánea. Tomo III. 1897-1902. p. 300.
20 FERNANDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... pp. 11-12.
21 El artículo 6 de la
Ley Constitutiva del Ejército de 29 de noviembre de 1878 dice: “No podrán
concederse, sin aprobación directa y previa del Rey, y en virtud de Real
decreto, los mandos de ejército, cuerpo de ejército, división y brigada. Lo
mismo se hará con las Capitanías generales de distrito, Comandancias generales y
Gobiernos militares de provincia y plaza mientras subsista la actual división
territorial y para todos los cargos equivalentes cuando se modifique. Los mandos
de cuerpos no podrán ser conferidos sin la aprobación de S.M.
No serán válidos, sin que
conste esta aprobación, los grados, empleos y demás recompensas militares que el
Rey conceda con arreglo a la Constitución y a las leyes.”
El artículo 30 de la misma
ley dice: “El empleo militar es una propiedad con todos los derechos y goces que
las leyes y reglamentos consignan.
El destino, comisión y
cargo es de la libre voluntad del Rey, a propuesta de su ministro responsable.”
22 El artículo 15 de la
Ley Constitutiva de 1878 dice: “Los Reales decretos relativos al cumplimiento de
las leyes militares serán propuestos al Rey y refrendados por el ministro de la
Guerra como previene el art. 54 de la Constitución.”
23 El segundo párrafo
del artículo 2 de la Ley Adicional de 1889 dice: “ La organización del Ejército
corresponde al Rey, mediante su Gobierno responsable, y dentro de la presente
ley, de la de Presupuestos y de las que fijen cada año la fuerza militar
permanente.”
24 MAURA, duque de; y
FÉRNANDEZ ALMAGRO, Melchor: Por qué cayó ... pp. 303-305.
25 PEYRA ANGLADA,
Gustavo: Estudio de una organización del ejército arreglada à la potencia
contributiva de España. Juan Gili librero-editor. Barcelona 1905. pp. 13-25. La
cita textual es de la p. 21.
26 FERNÁNDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... p. 289, refiriéndose en concreto al
nombramiento del general Aguilera en 1917.
27 CARDONA, Gabriel:
Alfonso XIII. El rey que se equivocó, en OSORIO, Alfonso y CARDONA, Gabriel:
Alfonso XIII. Barcelona 2003. p. 129
28 MAURA, duque de; y
FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Por qué cayó ... pp. 420-421.
29 El Cuarto Militar
cambia su denominación por Casa Militar apartir de un Real decreto de la
Presidencia del Consejo de Ministros de fecha 04/07/1917
30
Fue el Estado Mayor Central del Ejercito un organismo muy necesario pero de
existencia vacilante. Creado en 1904, como hemos visto, desapareció en 1912;
recreado en 1916, reorganizado en 1918 y 1923, terminó volviendo a desaparecer
en 1925. Se puede decir que en aquella cocina nunca se cocinaron los platos
importantes, y menos los africanos..
31
FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p.57
32 BOYD, Carolyn P.: La
política pretoriana ... p. 19.
33 FERNÁNDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... pp. 59-60.
34 MAURA, duque de; y
FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Por que cayó ... pp. 91-92
35 FERNÁNDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... p.79.
36 CARDONA, Gabriel:
Alfonso XIII ... p.146.
37 BACHOUD, Andrée: Los
españoles ... p.84.
38
BACHOUD, Andrée: Los españoles ... pp. 87-88 y 98-99.
39 BOYD, Carolyn P.: La
política pretoriana ... p.63-64. Cuando el gobierno, harto de él, lo retire en
1915 de la Comandancia general de Larache, el rey premiará sus desmesuras, que
incluyen un probable asesinato, con una ayudantía de campo en su Cuarto Militar.
Las repercusiones que esta clara relación de patronazgo tendrá en 1921 son
evidentes..
40 Ditirambo que el
entonces presidente del Senado, Montero Rios, se vio incapaz de recatar en su
discurso leído ante las gradas del trono el día de la onomástica del rey en
1911. En FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p.180.
41 De 100.000 hablaba De
La Cierva, cuando a fines de 1917 fue nombrado ministro de la Guerra. LA CIERVA
y PEÑAFIEL, Juan de: Notas de mi vida. Madrid 1955. p. 191.
42 FERNÁNDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... p. 157; también MAURA, duque de; y FERNÁNDEZ
ALMAGRO, Melchor: Por qué cayó ... p.161 y pp. 442-445, en las que se transcribe
una interesante carta de Felipe Crespo de Lara a don Antonio Maura.
43
SECO SERRANO, Carlos: Militarismo y ... p. 260, citando el “Diario” de Natalio
Rivas.
44 BOYD, Carolyn P.: La
política pretoriana ... p. 67. Aclararemos que las armas generales son la
infantería y la caballería, y los cuerpos facultativos la artillería y los
ingenieros. Éstos últimos ya disfrutaban de la escala cerrada.
45 BACHOUD, Andrée: Los
españoles ... p. 125.
46
CARDONA, Gabriel: El poder militar ... pp.31-32. Sobre los datos de los Anuarios
Militares entre 1912 y 1930, el autor ha realizado el cálculo de las
probabilidades de carrera por antigüedad y la conseguida gracias a los ascensos
de Marruecos en la promoción de infantería de 1910.
47 Don Miguel Villanueva
y Gómez, ministro de Marina en el gabinete de Montero Rios de 1905 tuvo el valor
suficiente para negarle al rey la clave telegráfica de su ministerio, vedándole
así su comunicación directa con los oficiales de la Armada. No pudo resistir el
pulso y acabó dimitiendo. En FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado
... p. 77.
48 FERNANDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... pp.238-239.
49 PUELL DE LA VILLA,
Fernando: Las fuerzas armadas en la crisis de la Restauración. Las Juntas
Militares de Defensa. P. 102, en HERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA, Mario; y ALONSO
BAQUER, Miguel (Dir.): Las fuerzas armadas españolas. Historia institucional y
social. Tomo V. La Restauración. Madrid 1986.
50 ROMANONES, conde de:
Notas de ... pp. 132,135,141-142 y 144. También en MÁRQUEZ, ex coronel; y CAPO,
J.M.: Las Juntas de Defensa. Barcelona 1923. pp. 41-42
51 MÁRQUEZ, ex coronel;
y CAPO, J.M.: Las Juntas ... p. 179.
52 ALONSO IBÁÑEZ, Ana
Isabel: Las Juntas de Defensa Militares (1917-1922). Madrid 2004. pp. 103-105.
Maneja la correspondencia entre Alfau y Luque conservada en el A.H.M.
53 LACOMBA AVELLÁN, Juan
Antonio: La crisis española de 1917. Madrid 1970. p. 115.
54 ROMANONES, conde de:
Notas de ... pp. 137-138.
55 PABÓN, Jesús: Cambó.
1876-1918. Barcelona 1952. pp.488. Nos referimos al 2º marqués de Foronda, señor
de los tranvías de Barcelona, premiado con la grandeza de España en 1926.
56 MÁRQUEZ, ex coronel;
y CAPO, J.M.: Las Juntas ... p. 38. Se cuenta que en aquel momento el coronel
Márquez, analizando correctamente la situación, pronunció estas lapidarias
palabras:Ӄl no nos pone en libertad: nos ponemos nosotros. Puede dar gracias de
que le dejemos en Madrid.”
57 FERNÁNDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... p. 294.
58 FERNÁNDEZ ALMAGRO,
Melchor: Historia del reinado ... p. 302
59 Los testimonios son
múltiples: en la “Orden del movimiento insurreccional enviada a las Juntas
regionales de defensa por la Superior” se prevé que si a las tres de la tarde
del día 2 de junio han de ocuparse las capitanías generales y los gobiernos
militares de toda España para forzar el excarcelamiento de la Junta Superior,
ello se realice previo juramento de ”fidelidad a la Patria, a la Junta de
Defensa y a la Monarquía”, eso sí, por este orden, recogido en LACOMBA AVELLÁN,
Juan Antonio: La crisis ... p. 134. También el testimonio del comandante Espino.
Comisionado por la Junta Superior de Barcelona para entrevistarse en aquellos
días con don Alfonso, le aseguró en nombre de la misma que el rey “Era la única
solución para el país”, en MÁRQUEZ, ex coronel; y CAPO, J.M.: Las Juntas ... p.
41
60 LACOMBA AVELLÁN. Juan Antonio: La crisis ... p.119.
61 LACOMBA AVELLÁN, Juan Antonio: La crisis ... pp. 159-159.
62 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p. 315 .
63 Oficial particular es aquél todavía escalafonado an las armas o cuerpos particulares (infantería caballería, artillería e ingenieros), de alférez a coronel, en contraposición a los oficiales generales (los distintos empleos del generalato), que se ordenan en un único escalafón general.
64 LA CIERVA y PEÑAFIEL, Juan de: Notas ... pp.197-199.
65 LA CIERVA y PEÑAFIEL, Juan de :Notas ... p.202.
66 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... pp. 325-328. Las subidas anuales y los nuevos quinquenios en la nota de la p. 325.
67 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... pp.365-367. Pero sobre todo MARTÍNEZ DE ARAGÓN y URBIZTONDO, Gabriel: Páginas de historia contemporánea. Las Juntas militares de Defensa. Los Alumnos de la Escuela de Guerra. Los hombres públicos de España. La soberanía de la ley. 1923
68 Un relato pormenorizado de los hechos en ROMANONES, conde de: Notas de ... pp. 160-180.
69 CARDONA, Gabriel: Los Miláns del Bosch ... pp. 268-269.
70 CARDONA, Gabriel: Los Miláns del Bosch ... pp.281-282. Alfonso en el texto del telegrama le solicita su dimisión “por motivos de salud” ...”Sacrificio que le pido con gusto al saber que me prueba una vez más su lealtad” ... “Pronto le probaré, Dios mediante, el afecto que le profeso y le compensaré de esta momentánea contrariedad”. El premio fue la Jefatura de su Casa Militar ese mismo año.
71 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p.380.
72 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor Historia del reinado ... p.385. La hagiográfica obra de PILAR, princesa de Baviera; y CHAPMAN-HUSTON, comandante Desmond: Alfonso ... pp195-196, defiende la actitud del monarca y no niega la existencia del inoportuno telegrama, pero sin confirmar ningún posible texto.
73 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... pp. 401-402; ALONSO IBÁÑEZ, Ana Isabel: Las Juntas de ... pp. 585-592; y LA CIERVA y PEÑAFIEL, Juan de: Notas ... pp. 269-271
74 MOLA VIDAL, Emilio : Obras completas. Valladolid 1940. p. 1020.
75 CARDONA, Gabriel: El poder militar ... p.42
76 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p. 407.
77 ALONSO IBÁÑEZ, Ana Isabel: Las Juntas de ... p. 598.
78 BOYD, Carolyn P.: La política pretoriana ... p.285.
79 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p. 420. Juan Lóriga y Herrera-Dávila, conde del Grove, por entonces general de división en la segunda reserva, había sido profesor de Alfonso en sus años mozos, luego su ayudante de campo y más tarde profesor también del príncipe de Asturias. El currículum, por tanto, de todo un palatino.
80 “¡Qué cara está la carne de gallina!” fue el comentario cruel de Alfonso, según la vox pupuli, tan aficionada a los efectos cómico-dramáticos.
81 Una descripción de hecho tan grotesco en ROMANONES, conde de: Notas de ... pp. 210-211.
82 MAURA, duque de; y FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor Por qué cayó ... p. 534.
83 FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia del reinado ... p. 431.
84 NAVAJAS ZUBELDÍA, Carlos: Ejército, Estado y Sociedad en España (1923-1930). Logroño 1991. p. 277.
85 Para este tema sigue siendo imprescindible el magnífico trabajo de BALLBÉ, Manuel:Orden público y militarismo en la España constitucional. (1812-1983). Madrid 1983.
86 NAVAJAS ZUBELDÍA, Carlos: Ejército, Estado y ... pp.284-285.
87 LLEIXÀ, Joaquim: Cien años de militarismo en España. Funciones estatales confiadas al Ejército en la Restauración y el franquismo. Barcelona 1986. pp. 57-95