Noticia: : El anarquismo ante la crisis de las ideologias
(Categoría Resistencias al neoliberalismo)
Publicado por admin
Sunday 13 November 2005 - 19:56:49
x Eduardo Colombo
(13.11.05 )
Voy a comenzar el debate con una pequeña consideración antes de entrar de lleno
en el problema. El tema general de nuestros debates, en estos dos días y medio
es “el anarquismo ante las crisis de las ideologías”; y al comenzar, una
precisión (tal vez, si alguien quiere, se podrá discutir después). Creo que la
formula que se ha generalizado después de los años 60, en que Daniel Bell,
sociólogo norteamericano, escribió su libro sobre “El fin de las Ideologías”,
es que las ideologías de más en más están en crisis, lo que es absolutamente
falso, si se piensa cual es el concepto genérico de ideología. Se puede decir
que está en crisis, o más bien, que se ha agotado la fuerza expansiva de las
utopías, o de las
contra-ideologías revolucionarias, lo que ha dejado en pie una sola ideología
reinante: la ideología dominante, la ideología en la que vivimos todos los
días; de donde resulta el problema fundamental de nuestra época, que es la
pasividad general de los individuos frente al reino absoluto de la ideología
dominante. (+ fecha y lugares donde se presentara)
EL
ANARQUISMO ANTE LA CRISIS DE LAS IDEOLOGÍAS*
Eduardo Colombo.
Voy a comenzar el debate con una pequeña consideración
antes de entrar de lleno en el problema. El tema general de nuestros debates,
en estos dos días y medio es “el anarquismo ante las crisis de las ideologías”;
y al comenzar, una precisión (tal vez, si alguien quiere, se podrá discutir
después). Creo que la formula que se ha generalizado después de los años 60, en
que Daniel Bell, sociólogo norteamericano, escribió su libro sobre “El fin de
las Ideologías”, es que las ideologías de más en más están en crisis, lo que es
absolutamente falso, si se piensa cual es el concepto genérico de ideología. Se
puede decir que está en crisis, o más bien, que se ha agotado la fuerza
expansiva de las utopías, o de las
contra-ideologías revolucionarias, lo que ha dejado en pie una sola ideología
reinante: la ideología dominante, la ideología en la que vivimos todos los
días; de donde resulta el problema fundamental de nuestra época, que es la
pasividad general de los individuos frente al reino absoluto de la ideología
dominante.
Se pudo creer, en ciertos momentos
pasados que frente al capitalismo no había más que el capitalismo de Estado, y
que en esa lucha entre dos facciones el anarquismo se encontraba en situación
tercera tratando de abrir un camino diferente. Hoy resulta que hay una sola
ideología reinante y nosotros ni siquiera tenemos la posibilidad de abrirnos un
camino entre dos, sino que estamos de nuevo en la base de una lucha frontal con
la única ideología dominante.
Frente a esta situación y habiendo
definido la pasividad individual como rasgo dominante de nuestra sociedad, yo
diría que para combatir esta pasividad habría que reclamar, poner de nuevo en
primer plano, un derecho inalienable del individuo, que es el derecho a la
blasfemia. Blasfemar es tal vez el primer punto de partida de la rebelión
contra el orden establecido. Y lo digo por dos razones que ustedes verán
después. La primera de estas razones es la definición misma de la blasfemia. Si
buscamos en un diccionario la palabra blasfemia leemos: expresión injuriosa
contra Dios, o las cosas sagradas. Evidentemente los diccionarios aman citar
autores más o menos clásicos o conocidos y el diccionario que yo consulté pone
como ejemplo, “los hombres impíos que desprecian toda dominación, blasfeman la
majestad”.
¿Qué es la majestad? La majestad es
el atributo inherente a la realeza, por el que se impone respeto, admiración y
sumisión. La majestad se atribuye a los reyes o soberanos y a Dios. Yo digo que
frente a esto blasfememos.
Porque la posibilidad de blasfemar
nos llevará de la mano a tomar en consideración el elemento fundamental de la
situación humana que, en general, queda oculto dentro de las instituciones de
dominio en que vivimos. Este elemento oculto, porque está generalmente
desplazado y concentrado en la apariencia formal de lo religioso, es el
elemento sacral, de lo sagrado. Lo sagrado tiene que ver de una manera directa
, o de origen con la idea del más allá, de Dios, de la palabra que viene de
afuera, del mandamiento que se nos impone. Lo sagrado, si buscamos alguna
definición reconocida, puede ser entendido según Mircea Eliade, como una
definición
positiva y violentad de Dios. Mircea Eliade dice que para un creyente el Dios
viviente no es el Dios de los filósofos, el Dios de un Erasmo, por ejemplo, no
es una idea, no es una abstracción, no es una simple alegoría moral; es una
terrible potencia, una fuerza que se manifiesta en la cólera divina,
experiencia aterradora e irracional, y todos los epítetos que siguen luego
definiéndolo sagrado tienen que ver con esto, con este sentimiento de fondo del
hombre frente a lo inexplicado, el sentimiento de espanto frente a lo sagrado,
frente a ese misterium tremendum, frente a esa Majestad de la que emana una
aplastante superioridad. Como ustedes ven, todas estas definiciones nos
soliviantan a los anarquistas porque lo sagrado es la fuerza fundamental que
aplasta al hombre, lo aplasta porque lo deja sometido a una potencia exterior
sobre la que él no tiene ningún control, por la que es
determinado, por la que es creado, por la que es definido, por la que es
llevado a la muerte o al fin. Lo sagrado es la esencia de la religión, pero
además, y esto es importante, es también el elemento base de Poder Político, de
la dominación, está oculto en el Estado está presente en las instituciones de
dominio. Si buscamos en la etimología la palabra jerarquía, por ejemplo, vemos
que viene del griego hieros, hierarchie en francés, jerarquía en español,
hieros: sagrado; arquia, todo el mundo conoce la palabra anarquía, es decir, a:
privativo de arknê, que tiene que ver con la ordenación política de la
sociedad. El elemento que está directamente incrustado en el Poder, el elemento
sagrado, está en el centro de la relación entre el individuo y la sociedad,
porque las sociedades son, desde su origen hasta hoy, sociedades heterónomas,
es decir, no existen sociedades autónomas, como no
existen individuos totalmente autónomos, porque la relación entre sociedad e
individuo es una relación de interacción permanente.
La problemática a la que quiero
llegar es que ésta heteronomía de la sociedad es, por definición misma, la
consecuencia de lo sagrado, es decir, las sociedades son heterónomas porque la
ley, la norma, la costumbre, no están organizadas desde adentro, por los
individuos que en una sociedad viven, sino que están organizadas desde el más
allá por los antepasados muertos, por los héroes, por los Dioses, por los que
constituyen un tiempo primordial en el que la ley fue dictada de una vez para
siempre, y los hombres en su tiempo histórico no hacen más que obedecer a una
minoría dominante, que es la representante en la tierra de ese elemento sagrado
puesto en el más allá, en el altar de lo social.
Lo sagrado significa una desposesión
originaria y fundamental de la capacidad instituyente del hombre. Y ahora
entraremos más claramente en la definición de Poder. Nosotros utilizamos
frecuentemente la palabra poder con una eficacia simbólica enorme y al mismo
tiempo con una impresición prácticamente total. Pero no porque nuestro lenguaje
sea impreciso, sino porque la palabra poder contiene, por una estrategia
milenaria del Poder mismo, una contradicción, o tal vez podría decir, más que
una contradicción, elementos dispares que funcionan juntos y que uno utiliza en
función de las necesidades de la causa para decir una cosa o lo contrario.
Cuando nosotros decimos poder, si lo decimos en una asamblea anarquista, la
primera imagen que aparece es el Poder Político y su denominación es el Estado,
pero la palabra poder no quiere decir esto solo, fundamentalmente quiere decir
capacidad, capacidad de hacer, yo puede hacer algo, nosotros juntos podemos
hacer más cosas, nosotros podemos hacer infinidad de cosas y una de las cosas
que podemos hacer, y no solamente podemos hacer, sino que hacemos
necesariamente, es darnos las normas y las leyes con las que vivimos. Es la
propia sociedad y los hombres que viven en ella, los que determinan cuales son
las formas institucionales y políticas de su representación social, de su
interacción social. Es esto, no hay otro Poder, Dios no existe. Desde este
punto de vista la heteronomía de lo social es la primera desposesión, que hace
creer a los hombres que no son ellos los que organizan su
sociedad, los que dictan la ley, sino que hay una fuerza exterior que los
determina. No importa cómo se llame esa fuerza, no importa que sea el Dios de
las sociedades ”primitivas”, o algún antepasado nuestro, no importa que sea el
Dios de las religiones positivas como el cristianismo o el islamismo o el
judaísmo, no importa que sea el Estado, no importa que sea la ley de la
historia, no importa que sea la creencia que nos lleva necesariamente a un fin
predeterminado, a una escatología. Ocurre lo mismo cuando el marxismo en su
posición escatológica coloca al proletariado como redentor de la humanidad, y
postula un fin que debe llegar necesariamente, y al hacerlo está desposeyendo
al hombre de la capacidad de decir no, sí, para este lado, para este otro, para
dónde yo quiero, porque somos nosotros los que organizamos nuestra vida, los
que organizamos nuestra sociedad. Este elemento
heterónomo que constituye lo social está directamente ligado a la expoliación,
se podría decir, a la desposesión del hombre de su capacidad simbólico-instituyente.
Yo llamaré simbólico-instituyente a esta capacidad de organizar la propia
sociedad.
Las sociedades se organizan en
función de una serie de atribuciones, de significados, de símbolos, de signos,
de utilización de códigos que nosotros creamos. El lenguaje es la primera
institución de la sociedad, el primer código con que organizamos nuestra
interacción mutua, nuestra intercomprensión a nivel simbólico o significativo.
Esta institución del lenguaje la crearon los hombres. Si la hubiera sido dada
desde el exterior ellos estarían ya desposeídos. Esta desposesión de la
capacidad humana, social, instituyente, creadora de la sociedad, es la esencia
de lo religioso la que forma parte de la dominación política.
Y forma parte de la dominación política
por lo siguiente: porque el poder cuando pasa del lado político, cuando se
constituye como Poder Político, es ya dominación política, en una sociedad
heterónoma, es fundamentalmente la expropiación de una minoría, de la capacidad
simbólico-instituyente que corresponde al total, al colectivo global de esa
sociedad. En cuanto aparecen las sociedades humanas grupos especializados que
detentan la posibilidad de distar la ley aparece ya un elemento particular, por
el cual el Poder Político deja de ser la capacidad global, del grupo humano,
para convertirse en la capacidad de una minoría de imponer a los
otros, a la mayoría su decisión. Es decir, que la capacidad de manejar el
mundo, las relaciones con los otros, la creación socio-histórica, se transforma
en la capacidad de unos, de algunos, de pocos, de una oligarquía, para imponer
a los otros la obediencia.
En la medida en que esta
transformación aparece en la sociedad, se constituye lo que llamamos Poder
Político; nosotros lo reproducimos, como decía hace un momento, en la palabra
poder porque, por ejemplo, si uno le dice a un chico, no puedes subirte a la
mesa, bien, me preguntará, pero ¿cómo no puedo si ya me subí?. No, no puedes
subir quiere decir que no debes subir a la mesa, que el deber está incluido en
la concepción de poder, ¿por qué?, porque esta misma heteronomía de lo social
incrusta en la definición de poder este elemento de exterioridad, del deber de
obediencia.
Y como no tengo mucho tiempo, sobre
este aspecto me contentaré con mostrar de qué manera el deber de obediencia es
uno de los aspectos centrales de la dominación política, o de las sociedades
jerárquicas. La sociedad no es, como ingenuamente se suele decir, algo que se
opone al individuo. El individuo puede sentir la sociedad como oponiendo una
resistencia a lo que él desea, pero este sentimiento es subjetivo y es ajeno a
una comprensión real de las relaciones entre los hombres. Me voy a basar en
esto, a pesar de que haya una larga bibliografía sociológica,
socio-psicológica, que se podría utilizar para explicarlo, y ya que estamos
entre
anarquistas voy a utilizar la definición que hace Bakunin de la libertad.
Bakunin dice que hay tres momentos esenciales de la libertad del hombre.
Estos tres momentos son: primero el
hecho enorme y positivo de la creación social, el hombre vive en sociedad, el
hombre adquiere humanidad con los otros, sin su relación con los otros el
hombre no hubiera llegado a su hominización, o si se prefiere, antes que el
hombre, el autralo-pitecus, el homo-habilis, o el homo erectus, no hubieran
llegado a construir un útil, un instrumento, a utilizar la palabra, a crear un
código o instrucciones, si no estuviera haciendo algo con otro, si no estuviera
en relación con otro; este aspecto sociológico de la interacción, la sociedad
como tal, es un elemento central y positivo de la libertad humana. Es un
absurdo, dice Bakunin, creer que el hombre es libre antes de entrar en
sociedad, como mantiene el credo liberal, según el cual cada individuo renuncia
a una parte de su libertad para pactar con otros un Contrato Social, posición
que va necesariamente a la dominación política. El hombre no es libre antes de
entrar en sociedad, es la sociedad que le hace libre, el él en relación con los
otros, es la autonomía del individuo en la sociedad la que permite la aparición
de la libertad. Por otro lado, es la sociedad la que permite también la
aparición del Poder; antes de la vida en sociedad no hay ni bien ni mal, no hay
ni Poder ni Libertad, son las construcciones del hombre en la sociedad lo que
hacen que la libertad tenga un valor positivo.
Pero este momento no basta, dice
Bakunin. Para que la sociedad evolucione, para que la sociedad cambie, para que
este hecho fundamental del hombre que es su humanización en sociedad no se
estanque, no quede ahí ligado en su primer momento, se necesita la rebelión, la
rebelión del individuo, que es el segundo y fundamental momento de la libertad.
Pero la rebelión es al mismo tiempo el momento más difícil desde el punto de
vista personal, y también el más fácil de concebir, porque todos sentimos la
opresión y espontáneamente tendemos a rebelarnos contra todo lo que nos oprime.
El deseo es una fuerza inherente al hombre que va a encontrar un
límite, no en el otro, sino en la dominación del otro, en el Poder Político que
el otro puede atribuirse para impedirle a uno construir su deseo con los demás,
con los otros. El segundo momento de la libertad es esencialmente la rebelión,
la negación de lo que existe, para lograr algo que no existe todavía, pero que
puede llegar a ser.
Y el tercer momento, el más difícil,
es el de rebelarse no contra la sociedad que está fuera, no contra la
institución que tenemos delante y que nos oprime, sino el de rebelarnos contra
la institución que tenemos internalizada, que tenemos adentro nuestro. Esta
necesidad que tenemos contra la sociedad que llevamos adentro es, al mismo
tiempo que la confirmación de que el individuo es lo que en relación con los
otros, es también ese factor que le impide pensar, o darse cuenta, o
comprender, hasta dónde está alienado, hasta dónde está dominado, hasta dónde
él responde a una sociedad que se le presenta como externa, como si fuera lo
natural, lo
dado, cuando la sociedad no es natural, ni nada, sino una construcción humana.
La autonomía del hombre, como la libertad del hombre nace en este proceso de
auto-construcción.
Voy a extraer sólo dos consecuencias
de lo que acabo de decir, la primera: es un absurdo pensar que la libertad,
cualquier tipo de libertad, la libertad filosófica, como la libertad política,
pueda ser concebida como un deseo ilimitado; la libertad sin límites, sin
obligaciones, sin la relación con los otros, es la libertad del tirano: el
único que puede hacer lo que quiere y cuando le canta es el tirano. Los hombres
respetan a los otros porque viven con los otros, porque necesitan de los otros
para ser libres ellos mismos, la libertad de cada una se extiende al infinito
con la libertad de los otros. Pero exige obligaciones sociales. La
obligación social es el elemento que está en la base misma de la norma social,
no hay sociedad sin institución, no existe una sociedad sin norma, no existe
una sociedad sin lenguaje. A un niño se le enseña a hablar, lo aprende en una
institución funcionante de esta sociedad.
Esta condición de obligación social
está totalmente confundida o distorsionada en las sociedades jerárquicas, con
Estado, o sea, en las sociedades que todos conocemos, (hasta el momento no han
existido prácticamente otras) que son las sociedades de dominación política o
construidas sobre la dominación política. Lo que ocurre en todas estas
sociedades es que como la norma o la ley está dictada por una minoría que ha
expropiado la capacidad simbólica de la totalidad de lo social, la obligación
social deja de ser tal, para transformarse en el deber de obediencia.
Nosotros sentimos las normas o las
reglas sociales en las que vivimos no como formas de las relaciones entre los
hombres que podemos modificar en la interacción con los otros y profundizar en
el sentido de la libertad humana, sino que las sentimos como algo que se nos
impone. En la sociedad civil las normas son vividas como obligando a la
obediencia. El Poder Político, sea totalitario o representativo, nos impone a
todos una norma, una serie de normas, de leyes, de reglas, sobre las cuales no
hemos decidido nada y sabemos profundamente que no hemos participado nunca en
su establecimiento. Es la existencia del poder político o dominación, la
que transforma la obligación social en deber de obediencia, transformación que
constituye la esencia misma de las sociedades jerárquicas.
Si pensamos crear una utopía para el
futuro, para el siglo próximo, y pensamos construir el proyecto de una sociedad
libre, tenemos que entender que la anarquía no es falta de normas, -la falta de
normas es la anomia o el caos-; la anarquía es una institucionalización
anárquica de la sociedad, es decir, la puesta en marcha de instituciones
anarquistas en las que los hombres puedan vivir y crear la igualdad, la
justicia, y su propia libertad.
*Ponencia presentada
en el debate internacional: “El anarquismo ante la crisis de las ideologías”.
Barcelona, Septiembre-Octubre de 1993. Publicado en: “Anarquisme: Exposició
Internacional”. Fundació d´Estudis Libertaris i Anarco-sindicalistes, Ateneu
Enciclopèdic Popular, Ateneu Libertari “Poble Sec”; Barcelona, Octubre de 1994.
EDUARDO COLOMBO EN
CHILE
PRESENTANDO SU LIBRO:
“EL ESPACIO POLÍTICO DE LA ANARQUÍA”