Amor y anarquía

La vida urgente de Soledad Rosas (1974-1998)

En junio de 1997 Soledad Rosas salió de Argentina rumbo al bienestar Europeo con el único bagaje de su título de licenciada en Turismo. Un año después la encontraron ahorcada en la cárcel de Turín, estaba presa y acusada de ser la terrorista más peligrosa de Italia. La suya fue una historia de amor y de anarquía y, también la historia de cómo un Estado se inventa sus peores enemigos.

Hoy, aquí, os presentamos una entrevista publicada en el periódico Bonaerense “Clarín” de Christian Ferrer a Martín Caparrós, quien se encargo de que Soledad Rosas no pase a engrosar la lista de los olvidados y de la desmemoria.

 MARTÍN CAPARRÓS (Acerca de su libro sobre Soledad Rosas)

Entrevista para el Suplemento Cultural del diario Clarín

3 de julio de 2003

Desgrabación: Ana María Mozian

 Christian: Qué difícil debe haber sido entrevistar a la familia de Soledad Rosas.

Martín: Es muy difícil contarle a los padres cómo uno cree que fue su hija. Alguna vez tuve la sensación de que yo era el enviado especial de los padres para que, cuando les llegó el momento de poder escucharlo, ahí les contara cómo era su hija. Yo lo tenía como fantasma, pero traté de sacudírmelo un poco, porque, si bien me inducía a ser respetuoso, quizás, en cierto tratamiento de ese tema, también es cierto que hay algo que a mí me incomoda mucho, en este caso, como caso particular de algo que ha pasado en la Argentina en general, y es el hecho de que padres o madres se apoderen de la historia de hijos que lo que quisieron fue hacer que su historia les perteneciera a ellos y no a sus padres. Es el caso clásico del desaparecido. Fue como una paradoja cruel, que en el caso de los desaparecidos asesinados por la dictadura, siendo militantes que lo que hicieron fue ser sujetos de su propia historia, lo que terminó sucediendo fue que quedaron sus padres, y sobre todo sus madres, como los que determinaban lo que se podía y no se podía decir sobre su historia. Los hijos tomaron la decisión de cambiar una cultura, y murieron, y los que sobrevivieron, que fueron sus padres, se reapropiaron de la historia de sus hijos, historia que les habían quitado al decidir militar, hacer otra vida, cambiar el mundo que sus padres les habían dejado. Y como fracasaron en ese cambio, padres que siguieron vivos mientras ellos no, se reapropiaron de la historia y durante mucho tiempo la contaron a su manera. Y por eso se habla de desaparecidos y no de militantes, y por eso escribí La voluntad, para restituir a los que tomaron ciertas decisiones alguna posibilidad de tener su propia historia. Y en el caso de Soledad, menos tremenda, en un punto me pasó lo mismo. Es decir, yo no quise ceder al fantasma de los padres para contar la historia que los padres querrían que se contara de su hija.

Christian: Esto que decís no solo revela un interrogante y un dilema político, sino también la potencia de la tradición cultural familiarista en este país. 

Martín: Me parece que en el caso de los así llamados “desaparecidos” que es el que construye el modelo para todos los demás casos, yo sospecho que el hecho de que la familia se haya hecho cargo revela que, como vos decías, que se rompieron los vínculos con la política. El único vínculo que quedo en pié es el de la sangre, porque era sano.

Christian: Este parece ser tu primer libro do0nde una mujer es la protagonista principal.

Martín: Bueno, en La voluntad hay varias mujeres. Pero sabés que no sé. Puede ser. En mi primera novela, No velas a tus muertos, hay un personaje de una mujer, y recuerdo que el primer elogio literario que recibió fue el de una persona que me decía cuan femenina era la escritura en relación a ese personaje.

Christian: ¿Cómo se te cruzó en tu vida Soledad Rosas?

Martín: Fue curioso porque cuando sucedió todo esto, yo no vivía en Argentina. Yo me enteré muy poco. Y pasaron un par de años, y en estos dos años, hubo un fin de semana en que tres personas muy distintas me hablaron de esta historia. Una fue una amiga mía, otra un editor, y el otro fuiste vos. Y era gente suficientemente distinta como para que me llamara mucho la atención que los tres me hablaran de eso. Me decían: “Vos tendrías que contar esa historia”. Y yo me decía: ¿será cierto? Y entonces, bueno, entre lo que me habían contado y un poco de material que busqué, traté de pensar si ese mandato tenía algún sentido. Y por supuesto que lo primero que me llamó la atención, escribí por ahí, fue la muerte: que una joven argentina de veinticuatro años, en el año '98, hubiera muerto, ya por amor ya por una causa. A partir de ahí me empezó a interesar la vida de Soledad.

Christian: ¿Fue cambiando tu percepción de Soledad Rosas  a medida que en encontrabas su historia?

Martín: No sé si cambiando es la palabra, porque no tenía un gran pre-juicio sobre lo que ella podría haber sido. Lo que tenía eran incógnitas. Tenía cosas que encontrar, más que cambiar. Lo único que sabía apriori es que había habido este extraño camino desde Barrio Norte a la alaceración final en Italia. No tenía ni idea de cómo había sucedido ese tránsito y eso era lo que más me interesaba.

Christian: En apariencia el lector encontraría en tu libro la historia de una joven radicalizada. Sin embargo, yo encuentro en tu libro también a la historia de una adolescencia argentina de los años noventa, la historia de una chica desorientada durante el menemismo que descubre su lugar en el mundo en el exterior.

Martín: Me da la sensación de que buena parte de la historia de Soledad es la del esfuerzo por salir de la banalidad, que es el espacio en que nada termina de ser lo suficientemente atractivo como para merecer un esfuerzo. Que es lo que supongo que le debe haber pasado a mucha gente. Quiero decir, más acá del disgusto, la indignación, y más allá del disfrute menor de ciertas prebendas. Éramos una década que se hacía prácticamente nada.

Christian: Solo la posibilidad de integración cínica a esta sociedad. ¿Qué es lo que hizo Soledad Rosas entonces?

Martín: Hizo lo que pudo, porque estudió turismo en la Universidad de Belgrano, un poco para contentar a la familia, y otro poco porque era una forma de tener un oficio que le permitiera viajar un poco. Pero es una idea muy uno a uno de la vida, ¿no? Sería como parte de su primer mundo en el que uno trabaja en hoteles y viaja por el mundo. Pero era muy poquito, y me parece que si una de las cosas centrales del menemismo, y sobre todo en el final del menemismo, es haber terminado de destruir la idea de futuro, que Argentina disfruto durante cien años, entonces el futuro dejó de ser una variable del tiempo para pasar a ser una variable del espacio. Entonces, el tiempo próximo argentino iba a estar en el espacio lejano, que será el europeo o el norteamericano. En vez de tratar de hacer algo para dentro de veinte años, lo que había que tratar de hacer era irse a Madrid, a Roma o a Miami, porque la posibilidad de futuro estaba en otra parte. En general, el futuro tenía que ver con cierto éxito económico. Pero esta otra versión del futuro, que era encontrar algo que te entusiasmara para pelear por eso, para darle sentido a tu vida, también en el caso de Soledad sucedió en otra parte. Ella acá buscó movimientos en los que integrarse, gente con la que sentirse unida por alguna idea, que le diera la posibilidad de pensar que su vida tenía sentido, que estaban buscando juntos algo, y no lo encontró. Y lo fue a encontrar en Turín, que es curioso. Digo, lo curioso de eso, que sea como un caso particular de esta traslación del futuro al exterior.

Christian: Curioso, ella estudia turismo y termina su vida haciendo exactamente lo contrario de aquellos que sólo buscan en el exterior una solución al enigma de la economía. En ese salto de abismo que ella hizo, ¿cuánto hay de singularidad y cuánto de condensación de fuerzas históricas en tensión?

Martín: Sí, supongo que hay que darle a cada uno de esos factores eso que es difícil de ponderar. Mirá, primero, hay que tener en cuenta que todo que fue superveloz. Es decir, la gran metamorfosis de Soledad sucedió en menos de un año. Si vos ves la foto de la contratapa del libro, una chica de veinte años, bien arregladita, bien argentina, y vas a la tapa, solo pasaron diez meses, y es la encarnación de la rabia militante, pero todo fue muy breve. Yo tenía, apriori, la tendencia a creer que había sido llevada por el viento de la historia Que había caído por azar en esa casa ocupada, y que de ahí en más, bueno, se la habían llevado puesta y la habían convertido, muy a su pesar, ni siquiera a su pesar, sin ninguna intervención de ella, en una figura que nadie terminaba de entender. Pero esa descripción, que es un poco un poco la que hizo la prensa acá y la más fácil de sostener, no me satisface. Y me molestaba, desde un principio. Y me tranquilizó mucho encontrar un momento en que creo que se ve claramente cómo ella tomó su futuro en sus manos. Es un momento casi tonto, en el que ella ya está presa, junto con sus dos amigos -su novio y el otro compañero junto con los que los detuvieron-, y la familia le pone un abogado, que es un abogado tipo Cúneo Libarona, y el abogado propone separar las causas de los dos anarcos, que tienen juicios previos y están un poco más pringados que ella, sin estarlo del todo, y ella, por otro lado, que ni siquiera estaba en Italia en momentos en que se hacían los atentados de los que los acusaban. Y, al separar las causas, lo que iba a decir el abogado, bueno, es esto: ·”Es una pobre chica, que medio la engañaron y la metieron en una cosa de este tipo”, que no tenía nada que ver. Y ella se negó, radicalmente, a punto de pelearse con la familia, y dijo: “No, mi causa es la causa de los compañeros”. Y ése, para mí, sería un momento de corte, donde ella decide, más allá de que las circunstancias y los vientos de la historia la habían llevado hasta ese lugar, en ese momento ella podía haber dado marcha atrás. Tenía la posibilidad de volverse a la Argentina. Incluso, a la espera del juicio. Después iban a pasar cosas, y todo se iba a embarrar y no iba a pasar nada. Y ella dijo no, me quedo acá con ellos, yo no me voy a escapar sola, si nos vamos, nos vamos todos.

Christian: Parece un momento de autobautismo.

Martín:  Sí, por supuesto, pero las cosas nunca son así de puntuales. Son procesos, que uno sintetiza en un momento dado. Quizás ella entendió en ese momento que ella ya no estaba de cualquier lado, que estaba de ese lado.

Christian: Quizás ella entendió que si retrocedía iba a quedar espiritualmente vejada. Por cierto, las dos fotografías suyas que mencionaste, la de la cédula de identidad y la que captura el momento del arresto, suponen dos formas de relación con la policía.

Martín: Son distintas. En la primera, uno se presenta, voluntariamente, para cumplir con las reglas, y en la segunda no tenía ninguna posibilidad de irse. Ya no tiene que simular nada. En la primera, está simulando. En general, uno va y le dice a la policía: “Mire qué buenito que soy, deme un papel, así me voy y no lo veo nunca más”. Y en la segunda, presa, estás en una situación en la que ya simular no sirve para nada; ya te agarraron, ya te tienen esposado, y ahí ya decís: “Bueno, doy la cara”

Christian: El hecho de que se tratara de una mujer, impactó especialmente en la opinión pública. Si hubiera sido un hombre, ¿habría asido distinta la reacción de los diarios?

Martín: Seguro. Yo creo que también, su pelea por su propia imagen fue más fuerte al ser una mujer, porque es mucho más fácil, para los medios y para los lectores de esos medios, imaginar como ingenua e inocente a una mujer que a un hombre. Entonces, ella tuvo que pelear mucho más, para decir “Yo no soy ni ingenua, ni inocente. Yo hice una elección, no estoy acá porque me gustó la pinta de un muchacho”. Lo que también es una cosa que andaba dando vueltas por ahí: “No, bueno, se metió en eso porque se enganchó con un tipo”. Y ella se metió en eso antes. Después, algunos meses después, se metió con Edoardo. Y eso es un dato, nada más, pero que es muy significativo.

Christian: Ahora bien, ella opta por un grupo de ideas anarquistas, no eligió otras posibilidades de participación política. ¿En qué tipo de ideas anarquistas creía Soledad Rosas?

Martín: Bueno, eso es justamente lo que te iba a preguntar a vos.

Christian: Bueno, vos sabes que el anarquismo no es solamente un modo de crítica al poder o una idea antropológica acerca de cómo organizar a una sociedad, también ha sido un arte de la existencia, un modo de vivir. El anarquismo siempre ha “llamado” a esas almas que nutren un malestar con la vida social actual. Ella parece haber encontrado al costado existencial del anarquismo. 

Martín: Bueno, lo que a mí me llamó la atención de este anarquismo “ocupa-punk” de Italia es su propuesta existencial. O sea, lo digo en términos de eficacia política tradicional, porque su incidencia real sobre el conjunto de la sociedad es escasa. Pero lo que pasa es que ellos no pretenden, primariamente, tener esa incidencia, sino que pretenden cambiar sus vidas, antes que la de millones. Y la premisa esta de que, si ellos quieren cambiar las vidas de todo el mundo, tienen que empezar no por vivir en forma totalmente opuesta a aquella que querrían para conseguir alguna vez ese cambio, sino que tienen que empezar viviendo entre ellos lo más parecido posible a esa vida que quieren construir, es bien interesante. Quiero decir: hace que su radio de acción sea muy restringido, pero su intensidad de cambio es muy fuerte.

Christian: Eso actitud también estaba presente en la historia clásica del movimiento anarquista. Pero hay facetas modernas del anarquismo en la experiencia de Soledad Rosas: la ocupación de lugares públicos vacíos; o la preocupación por el impacto que tiene sobre la naturaleza la amplificación técnica del mundo; el rechazo a la sociedad de consumo exacerbada; todas ellas son problemas asociados al anarquismo actual, no porque no estuvieran contenidas en el anarquismo tradicional, sino porque pertenecen intensamente a la imaginación refractaria actual. Es decir, que se trataría de una política positiva, y no solamente reactiva.

Martín: A este respecto, hay que acordarse que los calificaban de “anarco-terroristas”, y los que podían hacer esta unión entre anarquismo y terrorismo lanzaban una calificación que los calificados nunca se dieron a sí mismos: es la que les daban el estado y los medios. Y en ese sentido, no les dejaron la posibilidad de definirse a sí mismos. A mí me impresionó mucho el alineamiento de los medios, en Italia, con el Estado. Ahora bien, el Estado necesita enemigos, para justificar su existencia, para empezar, y para que la máquina represiva de que dispone se mantenga en funcionamiento. En Italia, en particular, aumentó muchísimo la policía secreta en la época de las Brigadas Rojas, y luego les quedaron miles de personas vegetando en escritorios, que seguían conspirando, pero les faltaban enemigos. Y descubrieron que una buena idea era criminalizar a ochocientos anarquistas ocupas, que estaban en una fase de cierto crecimiento, y que además tenían una respuesta muy tolerante del público. Porque no hacían mal a nadie. Es decir, ocupaban una casa, la arreglaban, hacían fiestas, convocaban gente, a veces se afanaban cosas del supermercado. Nada grave. Y entonces, bueno, para criminalizar a esos sectores, les inventaron una especie de conspiración en la que estaban ligados a un supuesto grupo de ecoterroristas. Ni existía el grupo, ni existía el ecoterrorismo. Digo, fue todo un invento de la fiscalía del Estado italiano. Y lo impresionante fue que los medios se alinearon sin la menor duda detrás de todo eso. Cuando los meten presos, a Soledad, a Eduardo y a Silvano, al día siguiente, no sale en los diarios: “Metieron presos a tres ciudadanos acusados de ecoterrorismo”, o “La fiscalía dice que Fulano, Mengano y Sutano tuvieron que ver con los atentados”. No, decían “Presos los ecoterroristas, son los que cometieron los atentados tal, tal, tal y tal”. Todo lo cual quedó, después, incluso desmentido por el juicio, por la justicia. Los medios no tuvieron la menor distancia. A mí me impresiona que en una sociedad supuestamente democrática, como la italiana, cómo los medios dicen absolutamente todo lo que el Estado les hace decir.

Christian: Eso impresiona en tu libro. Pues puede allí encontrarse una historia de vida adolescente, amorosa y la historia de una pasión ideológica, pero también a la imagen de una sociedad “desarrollada”, cuya retórica es la del “fascismo simpático”, que oculta una mano dura secreta que vigila constantemente y busca al grupo de riesgo o al cobayo de Indias sobre el cual descargar todo su poder. Porque el poder no persigue a todos los delitos, pero cuando elige un “caso testigo”, hunde el hocico hasta el hueso. En este caso la criminalización les salió mal, pies se descubrió el engaño, pero eso costó la vida a dos personas.

Martín: Yo te digo, cuando entré a ese baño, donde Soledad murió, quedé muy impresionado. Por empezar, era una casa en las afueras, a cincuenta kilómetros de Turín, donde estaba ella en reclusión domiciliaria, un lugar muy aislado. Fuimos con uno de los ocupas de Turín, que vivió algún tiempo en la casa que ocupaba con ellos. Y no podíamos entrar, porque estaba cerrado y no había nadie. Y el pibe vio que arriba, en el tejado, había como una ventana medio abierta. Y entramos por ahí, por el tejado. Cuando finalmente pude ver ese baño me di cuenta de que había que hacer un gran esfuerzo para dejarse morir. No dejarse morir, para hacerse morir. Ahora pienso que yo me pasé un mes viviendo con esta gente, y me parece muy extraño. Las condiciones de confort eran precarias. Yo había estado en lugares -en selvas, y todo eso-, pero es distinta la precariedad del tercer mundo que la del margen del primer mundo. Pero lo que más me impresionaba es que yo tenía que dar cuenta de mis actos. Después de todo, estaba invitado por ellos. Por ejemplo, tenía que usar una bicicleta, porque antes me habían prestado la bicicleta para ir a no sé dónde. Y el día ese le pregunto a alguien, ¿puedo usarla? Y me dice, si hay, usala. Pero es difícil acostumbrarse a la idea de que nada rige un espacio, ¿no? Yo había estado en comunidades, en lugares. Pero siempre había cierta idea de orden, de organización. Y acá claramente no la hay, porque lo que ellos dicen es que para que haya una organización tiene que haber algún tipo de poder que garantice el funcionamiento de esa organización. Entonces, que ya organizarse es suponer un poder, y ellos están en contra. Entonces, esto me pasó muy claramente un día que... Todas las noches comíamos quince, veinte personas, todos juntos, en una especie de gran patio, rodeados de cachos de coches viejos y tirados por ahí. Comíamos ahí. Y siempre, como estábamos dos, tres días, cada noche había dos o tres que cocinaban. Y entonces, un día pregunto: “¿Adónde tengo que anotarme, si quiero cocinar? Yo tengo mi parte del asunto. ¿Dónde me anoto?”, “No, no, no hay que anotarse”. “Pero bueno, pero a quién le digo, porque podría, por ejemplo, cocinar pasado mañana”. “Yo no sé, si querés, sí, claro que podrías”. “¿Pero cómo, no se anotan, no hacen algo?” “No”. “¿Y cómo se garantiza que todas las noches haya alguien que cocine?”. Y me dice: “¿Nos ves desnutridos a nosotros? Y al cabo de veinte días constaté que todas las noches se cocinaba, se comía, estaba todo bien, y no había ninguna orden para garantizar eso, pero se comía.

Christian: Una idea antropológica tradicional en el anarquismo es que la gente se organiza más dúctilmente si se la deja librada a su libre voluntad, mejor que sí alguien lo decide jerárquicamente.

Ahora bien, vos titulas a tu libro “Amor y anarquía”. Son dos palabras cargadas. La vida de Soledad parece estar marcada por estos dos maderos de una cruz. ¿Cómo te resultó a vos esa adherencia a estas dos pasiones?

Martín: Tenía interés por responder qué había pasado con todo eso, y si eso, de alguna manera, anunciaba algo. Soledad era una chica que hoy tendría treinta años. Ella creció en la época menemista. Las chicas que hoy tienen veintitrés, veintidós, veinticinco, ya se sienten más confortables con la idea de hacer algo por una causa. Por una causa o por un amor. Y en ese sentido, me parece que también lo que pasó en la Argentina, en los últimos dos años, cambió un poco la lectura de Soledad Rosas. De alguna manera, la hizo menos excepcional. Desde que yo empecé a escribir este libro a ahora, cosas parecidas le pasaron a treinta o cuarenta argentinos, lamentablemente. Hay mucha más gente en estos años que visiblemente pensó que valía la pena seguir adelante con lo que creían.

Christian: Vos sos conocido como novelista, como periodista, como cronista. Ahora bien, vos tenés tu propia relación con el anarquismo. Alguna vez te dijeron que tu forma de pensar la Argentina partía de la “duda caprichosa”, pero me parece que en vos hay una necesidad de intervención política de índole libertaria.

Martín: Yo creo que no hay nada más siniestro que el Estado, en su función estructural y política, y sin embargo, últimamente, me veo obligado a desear que haya más Estado para que defienda a los sectores indefendidos. Pero, digo, hace muchos años que vengo pensando que la idea última en política, claramente, sería libertaria. Hay momentos en que puedo darle más curso a esto, y hay momentos en que menos, como ahora, en que me he convertido en un tonto anarcoestatista.

Christian: Tuve la sensación, leyendo tu libro, de una suerte de rabia contenida y de una gran congoja. Como si lo hubieras escrito en un estado de ánimo amoroso y triste a la vez. En general, en tus libros se percibe la fuerte presencia del narrador, y una ironía distante acompaña tus historias. Pero en  este libro pareces mantenerte en una suerte de proximidad respetuosa. Es un libro muy amoroso.

Martín: Me di cuenta que yo había variado mi posición, y por eso no me reconocía del todo al comienzo con el este libro. No me hacía el vivo, no ponía por delante la mirada astuta del cronista, sino que trataban de acompañar una vida que me produce respeto.

Christian: Tu tono suele ser asertivo, incluso cuando insertas dudas, que son más bien como acertijos, incluso para vos mismo; en cambio, en este libro se nota la omnipresencia de dudas que acompañan a la narración. La descripción que haces del complot policial contra Soledad Rosas incluso devela una escritura que no sacarse de encima cierto terror.

Martín: Creo que hay libros que te sirven para confirmar lo que ya sabías sobre la historia que ibas a escribir, y hay libros que te abren otras posibilidades. Y, curiosamente,  éste, que era al principio un libro fácil, quizás me haya hecho comprender una forma distinta de escribir.

Christian: La forma en que vos contás su último año de vida en Italia, el lugar de su via crucis, revela que ella estaba alegre, que se sentía plena.

Martín: Fue el momento de su vida en que finalmente encontró su lugar. Ella siempre había tenido la sensación de que no había un lugar en este mundo para ella, y un buen día, de pronto, se dijo: “este es mi lugar, éste es mi proyecto”. Eso te llena de felicidad. Poder tener alguna vez esa sensación es algo que no a todo el mundo le sucede. Y ella lo tuvo. Y después, lo terrible es lo caro que le salió.

Christian: La acusación terrible que se puede hacer al estado italiano es la de haber arruinado la felicidad de dos personas.

Martín: Bueno, hay un relato de Soledad, en que cuenta cómo irrumpieron los policías en su casa, y dice: “Estábamos bien, estábamos tranquilos, y de pronto, tocan la puerta y dicen, somos los compañeros de Boloña, y cuando abrimos la puerta, entran treinta policías, arrasan con todo, rompen todo”. Acaban con esa felicidad.

Christian: La vida de Soledad en Buenos Aires parece estar marcada por la desorientación y la pelea por lograr ser ella misma, pero en el momento en que llega a Italia algo parece haberla iluminado.

Martín: Sí, a mí me impresiona ese encuentro. Lo subrayo en el libro: cómo podría no haber ido a Turín, cómo podría no haber ido nunca a esa casa, podría haber estado la puerta cerrada, podría no haberla recibido. Una cantidad de cosas que podrían no haber pasado, y sin embargo, sucedieron, y eso es lo que le permitió encontrar su lugar. Yo creo que siempre la vida está hecha de innumerables azares. Lo que pasa es que casi nunca sucede algo suficientemente significativo en algún punto de esa cadena, como para que uno se pare a reconstruir esos azares. Uno, en general, no se detiene a pensar la sucesión, la cadena de azares que va conformando su vida, hasta el momento en que algún evento extraordinario les da retrospectivamente un sentido definitorio.

Christian: ¿Y acaso no te pasó a vos eso? En algún momento del libro te preguntas, ¿qué hubiera pasado se me la hubiera cruzado a ella en Buenos Aires? Y te resposndes que probablemente no la hubieras notado, Y sin embargo, terminaste siguiéndola, viajando a Italia a buscarla, viviendo en la misma casa ocupada donde ella vivía.

Martín: Bueno, esta mañana, mientras venía para acá, vi una chica, bastante bonita, que llevaba como veinte perros. Y la miré. Y me di cuenta que ella habrá creído que le miraba el culo, pero la miraba porque era lo más parecido que he visto en mi vida a Soledad Rosas, quien también paseaba perros, y si no hubiera estado apurado, hasta me paraba a hablar con ella.

Christian: Tu libro me resulta muy querible, se lee como si vos le estuvieras llevando rosas a Soledad.

Martín: Con sus espinas. Que las rosas tienen. Pero hay algo de Rosas también en su historia que es muy significativa en Argentina. Cuando salió, en los diarios, acá, se decía que ella era una descendiente del Restaurador de las Leyes. Pero había mucha información confusa, y yo pensé que quizás no era. Y durante todo el tiempo que estuve investigando, le pregunté muchas cosas a la familia de Soledad, a la madre, al padre, pero por alguna razón me daba pudor preguntarles sobre su relación con Juan Manuel de Rosas. Me cabía preguntar cosas totalmente impúdicas, pero eso me daba vergüenza preguntarles. Y al final se lo pregunté a Gabriela Rosas, la hermana, y me impresionó mucho la historia que me contó. Ojalá sea cierta. Y es que ellos descienden, efectivamente, de Juan Manuel de Rosas, que en la Campaña del Desierto de 1833 tenía una amante mapuche, una barragana, a la que le hizo una hija y le dio su apellido a esta hija. Y después, de ahí, bueno, la hija fue teniendo hijos naturales, y de ahí viene esa rama de la familia Rosas. Y me impresionaba mucho esta condición, esta unión entre el centro del poder, la suma del poder público de la Argentina del siglo XIX, y el margen del margen: una india mapuche, a la que el poderoso se cogió algunas noches. Una rama femenina de esos extremos, me parecía ya, en un punto, una buena síntesis de la Argentina, ¿no?

Christian: Soledad, la de Catamarca, también

Martín: Pero es distinto, porque la Soledad catamarqueña no hizo ninguna elección. Una vez más: no es sólo una víctima. Fue víctima del poder del Estado.

Christian: ¿Cómo la buscaste? Porque integras en tu historia detalles muy nimios y configuraciones ideológicas, desde secretos femeninos hasta una novela de terror en la descripción del complot policial.

Martín: Es muy rara esa situación de ir buscando los pequeños datos que te vayan delineando el personaje, de alguien que nunca va a poder intervenir en su propio retrato. Te decía que era muy raro ir delineando un personaje, y encontrando los datos, los detalles y las contradicciones que permitían ir entendiendo a alguien que al principio era tan lejano, ¿no? Y cómo, en un momento, las cosas empezaban a encajar. Yo, primero, hablé con la familia, con el padre, la madre, la hermana, me contaron muchas cosas, estuvieron muchas horas hablando. Eran ceremonias muy confesionales. Y después me fui a Italia, y estuve en la casa ocupada. E incluso me fui a Amsterdam, en medio de todo eso, porque había una mujer, que era con quien se fue a Europa, porque su testimonio me parecía central. Pero era muy raro que más allá de los relatos de toda esta gente, que se iban combinando de alguna manera, de vez en cuando aparecía algún texto de Soledad. Alguna carta, algún escrito, alguna pequeña anotación en un diario. Iban apareciendo como de a poco, como si para mantenerme enganchado me fueran llegando. Y ésos sí eran los momentos de verdadero encuentro con ella. Ahí escuchaba su voz.

Christian: En su búsqueda te encontrabas con un enigma o con un rompezabezas.

Martín: No, un rompecabezas en el que sabés que falta un buen porcentaje de las piezas, donde te parece que no vas a terminar. Pero más en el sentido de que son los fragmentos que hay que ir tratando de ordenar, en un recorrido donde te perdés.

Christian: ¿Qué resta en vos ahora de Soledad?

Martín: Me quedaron doscientas ochenta páginas, una especie de respeto muy fuerte. No la admiro especialmente, pero siento respeto por ella, por lo que hizo.