CARTA Al DIRECTOR DEL PERIÓDICO "EL PAÍS"

DE XAVIER DÍEZ

 


 

    Recientemente, y en este mismo periódico, se realizó una valoración muy negativa sobre un libro del cual soy coeditor, crítico con la Transición. El título era bastante explícito "La gran desilusión", y analizaba, desde perspectivas diversas, diferentes aspectos de la historia de los últimos años, cuyas conclusiones no resultaban precisamente optimistas. Lo curioso del caso es que el principal argumento para descalificarlo (por parte de Ferran Toutain) era un presunto nacionalismo que, francamente, resultaba difícil de rastrear, dado que de las quince personas que intervenían, únicamente una podría definirse así. No le hubiera dado más importancia al asunto si no fuera porque la columna de Santos Juliá "Trampas de la memoria" trata de descalificar a todos aquellos a quienes nos declaramos agnósticos respecto del dogma de la Transición, y dado que "hereje" resulta una terminología caduca, "nacionalista" representa una definición comodín para todo aquello que es sospechoso.


    El señor Juliá, a quien respeto como historiador, me temo que está incurriendo en errores de análisis histórico. Considerar a los historiadores críticos con el proceso de 1975-1982 como políticos frustrados resentidos al no haber obtenido los cambios que presuntamente pretendíamos, y abusar de la cita de Tomaso di Lampedusa es no ver ni el bosque ni los árboles. Como historiador, por lo menos en mi caso, no valoro mis presuntos sueños incumplidos, sino básicamente los hechos, y sobre todo, los resultados. Y lo que constato es que, a pesar de los evidentes cambios políticos y sociales, también percibo las grandes continuidades entre el franquismo y el sistema de segunda restauración actual. No hay más que seguir la genealogía del poder; continuidad de apellidos en la judicatura, la cúpula del poder empresario-funcionarial, los medios de comunicación, o la imposibilidad de poner coto a los privilegios de la iglesia. Incluso fenómenos actuales como el "mileurismo" o la impune destrucción del litoral mediterráneo son difíciles de comprender sin la persistencia de la cultura empresarial franquista. Pero lo que más me sorprende es la inexistencia de una comisión de la verdad. Todavía estoy esperando que alguien pida perdón a mi padre por haber bombardedo su casa cuando tenía siete años, o por tener que vivir en una inmensa cárcel llamada España hasta los cincuenta. Esto no es sentirse frustrado, sino indignado por la incapacidad de condenar a uno de los regímenes más sanguinarios de la historia.


    Trataré de ayudar al señor Juliá. Hay dos factores que invalidan su tesis. El primero generacional. Quienes criticamos la Transición, como es mi caso, éramos unos niños, y por tanto nuestra participación era nula, y ahora podemos leerla desapasionadamente. El segundo, sociológico. Mi abuela era modista en casa de Javier Tusell, recientemente desaparecido y que respeto. Pero me temo que, teniendo en cuenta las experiencias desiguales, los análisis de historiadores de clase acomodada no suelen coincidir con los míos.
 

Xavier Díez