Con este artículo de Xavier Diez que nos invita a reflexionar sobre la actual situación mundial inauguramos la sección de artículos de nuestra página web.
LA CUARTA DIMENSIÓN DE UNA
GUERRA
ANUNCIADA
En un reciente artículo, el periodista Lluís Foix, director de La Vanguardia Digital, señalaba los paralelismos de la situación actual con el cúmulo de irresponsabilidades que, a lo largo de un mes, desde el atentado de Sarajevo contra el heredero del Imperio Austro-Húngaro, culminó en el estallido de la Primera Guerra Mundial, en agosto de 1914. Desde el once de septiembre de 2001, una humanidad globalizada vive inmersa en una gran incertidumbre sobre el futuro, y, desde finales del verano pasado, la escalada prebélica que apunta hacia Irak, con el más que probable conflicto que implicará centenares de miles de soldados, no contribuye precisamente a extender el optimismo.
Desde que se inició el despliegue de tropas norteamericanas por los alrededores del Golfo Pérsico, y las opiniones públicas han llegado a ser conscientes de la situación, hemos podido asistir a un proceso de intoxicación informativa y a la diversidad de foros de debate sobre la inminencia de una guerra de consecuencias posibles, probables, aunque, sobre todo, imprevisibles. Posibles porque tras la retórica y la propaganda, existen unos objetivos más o menos claros y unos escenarios postbélicos prediseñados; probables, porque la lógica de fuerzas debería culminar, en teoría, por una rápida y contundente victoria a cargo de la hiperpotencia mundial, y sobre todo imprevisibles porque la experiencia histórica nos demuestra que la lógica, los planes de guerra y los escenarios concebidos por un puñado de funcionarios en los informes políticos y militares no se suelen corresponder con la realidad del conflicto, ya que a menudo, las situaciones pueden llegar a complicarse de manera insospechada. La mayoría de los que fueron a la guerra en agosto de 1914 pensaban que hacia las navidades estarían de vuelta por casa. Pocos hubieran pensado que de un simple magnicidio y de un conflicto territorial secundario se derivaría el peor enfrentamiento bélico vivido por la humanidad hasta entonces. Las guerras, se sabe como empiezan, nunca como pueden acabar.
Lo que sí ha comenzado, y con gran intensidad, es el creciente y espontáneo debate, desde los medios políticos, intelectuales y periodísticos. A pesar de que, en situaciones de crisis como éstas, resulta demasiado fácil caer en la demagogia y en la hipocresía, (elementos consubstanciales a la retórica política) lo que empezó como algo adscrito exclusivamente en revistas especializadas y en las secciones de internacional de los principales diarios se ha ido filtrando poco a poco en los ámbitos más cotidianos de cualquier ciudadano; conversaciones privadas, tertulias espontáneas, manifestaciones públicas, e incluso en algunos actos que, en teoría no tienen nada que ver con los asuntos geoestratégicos, tal como resultó en la reciente gala de los premios Goya del pasado 1 de febrero en Madrid. En este sentido, se manifiesta, de manera creciente un firme rechazo a la posibilidad de la guerra, y se incrementa el miedo a que el estallido de un conflicto pueda extenderse y degenerar en otro de un alcance peligrosamente más amplio.
Sin embargo, en estas protestas, más o menos espontáneas, provenientes principalmente de los sinceros sentimientos de la mayoría, se corre el riesgo de que éstos sean apropiados y explotados, tanto desde la retórica y la demagogia propios de la política partidista, como de lo que, según irónica expresión del periodista de la televisión pública catalana Jordi Barbera, se constituye como la internacional del progresismo papanata. De todo ello cabe deducir que puede producirse una manipulación que no contribuirá precisamente a canalizar la oposición, no tanto a la guerra en sí misma, sino a este inminente conflicto motivado por intereses poco razonables para la mayoría. Y esto, sin duda alguna, debilita las posibilidades de una estrategia efectiva para desmantelar los proyectos imperialistas de los representantes de las élites que manipulan a su favor el gobierno de Washington. Partidismo y progresismo de opereta restan más que suman, dividen más que multiplican, y, fácilmente acaban ejerciendo de cobertura ideológica a aquellos que participan.
De todas formas, si se pretende que en esta crisis el buen sentido y la responsabilidad se impongan sobre la opacidad de los interese particulares y el fanatismo de una minoría poderosa, la única arma de la cual se puede disponer es el sentido común, la capacidad de reflexión, la objetividad de un pensamiento independiente y la inteligencia. Complementariamente, deberíamos confinar el perjuicio, la simplicidad y el folklorismo en el baúl de los cacharros inútiles. Los debates suscitados últimamente sobre esta crisis, todo hay que decirlo, resultan, en términos generales, mucho más profundos a los generados durante la guerra de Kuwait (1990- 1991), en que buena parte de las manifestaciones públicas y las opiniones recogidas en la prensa tenían más que ver con un antiamericanismo visceral que con la reflexión rigurosa y racional.
La dimensión económica
En la actualidad, la primera constatación que resulta necesario hacer es que nos hallamos ante un conflicto con muchas caras, totalmente polidimensional, y es desde esta premisa que debemos abordarlo. La primera dimensión de la presión norteamericana sobre la república iraquí es, tal como coinciden la mayoría de observadores, de carácter económico. Es evidente que los intereses petrolíferos y las oportunidades de negocio que se obren a las grandes compañías energéticas (a las cuales los actuales ocupantes de la Casa Blanca no resultan en absoluto ajenos) conforman, en un elevado porcentaje, las motivaciones para invadir y ocupar un estado soberano y reconocido internacionalmente –aunque éste pertenezca al grupo de países calificado por los estrategas próximos a G.W. Bush como el "eje del mal"-. Algunas intervenciones directas desde la presidencia de los Estados Unidos, así lo avalarían. No cuesta demasiado recordar la velocidad a la cual se trató de tapar toda la trama de corrupción alrededor de Enron y las fraudulentas y ruinosas privatizaciones de las compañías eléctricas de California, el levantamiento inmediato de la prohibición de prospecciones petrolíferas en el estado de Alaska (precisamente una de las primeras decisiones tomadas por el actual presidente, en enero de 2001) o las opacas maniobras de Washigton en la crisis política y social venezolana, en que se percibe una clara voluntad de desestabilización del gobierno electo para impedir la nacionalización de la compañía de petróleos del país caribeño.
Tampoco no cuesta demasiado imaginar que una guerra planteada desde las premisas actuales resulta, de hecho, una auténtica Feria de Muestras con ejercicios prácticos de demostración de la poderosa industria de guerra norteamericana, empresas privadas tras las cuales hay accionistas de largos tentáculos que no únicamente aspiran a obtener sustanciales encargos de la Secretaría de Defensa a lo largo del conflicto, sino de exhibir su superioridad tecnológica ante los estados mayores de los ejércitos de medio mundo, y conseguir, por tanto, productivos contratos de venta y suministro de material bélico por los cuatro puntos cardinales del planeta. Conviene recordar que durante la breve campaña de 1991 se evidenció la arrolladora superioridad de la aeronáutica norteamericana de los Mc Donell-Douglas o Lockheed frente a los Mig de la antigua Unión Soviética o los Mirage franceses. O que, en el propio bando de los aliados, se demostrara la escasa fiabilidad de los Tornado franco-británicos en comparación a los F-15 o F-117 de las fuerzas aéreas de Washington. Probablemente, los accionistas de las compañías de armamento están impacientes por probar su material (en especial sus novedades como la bomba de microondas, capaz de destruir todos los chips electrónicos en varios centenares de metros a la redonda, tanto los incorporados a mísiles y radares, como los que permiten funcionar a audífonos y marcapasos) y de conseguir nuevos encargos en un momento en el cual se quiere comprobar los efectos de la nueva revolución informática aplicada a la guerra. No hay que olvidar, por otra parte, que lleva la iniciativa en este campo puede eliminar o poner las cosas extremadamente muy difíciles a la competencia. Como ejemplo, en un momento en el cual la Unión Europea trata de disfrutar de una indepencia aeronáutica mediante el Eurofighter (sin gran fortuna hasta el momento, tal como pudo comprobar el ejército del aire español al quedar destruido su único aparato por inexplicables fallos mecánicos), la guerra puede hacer cancelar el proyecto si se demuestra la superioridad de los aparatos de la USA Air Force.
La dimensión geoestratégica.
Buena parte de los observadores y expertos en relaciones internacionales han percibido que la Secretaría de Estado liderada por Colin Powell trata de rediseñar el mapa de la región, un mapa político que no tiene ni siquiera cien años de antigüedad, y que proviene de la desmembración del Imperio Otomano al finalizar la Primera Guerra Mundial. El trazado de las fronteras correspondía entonces al reparto de los intereses franco-británicos en determinadas áreas de influencia. Las transformaciones geopolíticas producidas tras el desenlace de la Guerra Fría, la extraordinaria importancia económica que supone el petróleo del Golfo, y la posición estratégica de la región, corredor de paso entre Asia i Europa Occidental hace de este espacio una de las casillas fundamentales, el control de la cual adquiere un valor fundamental en el risk global. Evidentemente, a pesar de que muchos gobiernos se muestran declaradamente contra la guerra, debido sobre todo a la presión de sus respectivas opiniones públicas, estados como Turquía o Iran esperan sacar partido de estas posibles modificaciones fronterizas; Ankara para controlar la población kurda y poner fin a la independencia de facto en que viven desde hace una década los kurdos iraquíes, y Teherán para extender su influencia entre los chiítas del sudoeste del estado controlado por Saddam.
Sin embargo, a estas condiciones impuestas por la geografía, por tanto, por el determinismo de la naturaleza, existen otros factores de índole política que resultan plenamente decisivos. El primero de todos es el papel del conflicto árabe-israelí. La presión demográfica, especialmente intensa desde el momento en que el hundimiento del Imperio Soviético, acompañado de la dramática caída de las condiciones de vida de la mayor parte de ciudadanos rusos, (especialmente entre 1993-2000) ha facilitado la emigración de centenares de miles de judíos de la Europa del este hacia un estado en el cual, a pesar de la endémica crisis económica y la forzosa convivencia con el terrorismo suicida de grupos fanáticos de desesperados palestinos, pueden disfrutar de un bienestar imposible de conseguir en sus países de procedencia. Incluso la última crisis de Argentina, en que las políticas destructivas del FMI han precipitado la bancarrota financiera, ha impulsado a un número importante de judíos del país austral a instalarse al minúsculo territorio del estado sionista. En toda esta compleja situación, la política provocadora y represiva de Sharon no deja de tener una maquiavélica coherencia en el sentido que busca la anexión, como mínimo, de los territorios ocupados de Cisjordània (cerca de 6.000 km2) i así poder instalar con comodidad y relativa seguridad a los más de seis millones de israelíes en fronteras más amplias. En estas circunstancias, algunos estrategas sugieren la idea que la invasión y ocupación de Irak podría permitir deportar al millón largo de árabes palestinos hacia un hipotético estado propio a partir de la modificación de las fronteras de la región. Una limpieza étnica en toda regla anhelada por buena parte de los partidos religiosos que prestan un apoyo vital al Likud.
El segundo de los factores es el de la disuasión a aquellos estados que ofrecen apoyo financiero, político e ideológico al terrorismo islamista, aunque éstos se declaren formalmente aliados de Washington. El país clave es la Arabia Saudí, aunque nombres como Kuwait, Qatar, o Yemen podrían tener un interés equivalente. Se trata de dictaduras no mejores que la iraquí, que utilizan una proporción nada desdeñable de sus recursos económicos e humanos a financiar y dirigir grupos y redes de fanatismo religioso que, azuzando el fuego de la violencia y el resentimiento culminan en una especie de guerra santa derivada fácilmente hacia el terrorismo y la demonización de los infieles, es decir, gente como nosotros, que no nos dedicamos a memorizar el Corán de memoria. Para anular este peligro real sería más lógico y fácil atacar las Islas Caimán, o cualquier otro punto off Shore que se dedique a blanquear un dinero demasiado ennegrecido. Sin embargo, aparte que ello implicaría destapar el Enron global que caracteriza la economía globalitaria, la feria de muestras del armamento puede suponer unos efectos teatrales, unos impactos de imágenes que pueden escenificar su poder. La guerra, desde el punto de vista norteamericano, pretende ser una demostración práctica y palmaria de su superioridad bélica y una seria advertencia que no existe otra salida que la del sometimiento y la fidelidad a los intereses de la Casa Blanca.
No todas las maniobras estratégicas quedan acotadas al escenario estricto del conflicto previsto. A lo largo de las últimas décadas, las tensiones en la relación transatlántica han abundado. La administración norteamericana no mira con buenos ojos una defensa europea al margen de la OTAN. Los intercambios comerciales se han visto a menudo afectados por diversos problemas y polémicas. Podemos recordar la oposición norteamericana a los aspavientos europeos respecto de los cereales transgénicos, la carne tratada con hormonas o la diferente visión respecto de las patentes y los derechos de autor. Por su parte, la Unión Europea se escandaliza cuando ve que el acero y aluminio de las factorías norteamericanas se blindan a la competencia con aranceles proteccionistas, contrariamente a los principios económicos que Washington afirma defender desde la OMC. Es evidente que Europa es vista, por los estrategas vinculados a las instituciones transnacionales del otro lado del Atlántico como competidores que a medio y largo plazo pueden amenazar buena parte de sus intereses comerciales y estratégicos, tal como puede suceder con China. En este sentido, la guerra de Irak sirve al presidente Bush para dividir a la Unión Europea y dificultar así su progresiva articulación institucional. Para este trabajo sucio cuenta con el entusiasta colaboracionismo de Blair, Berlusconi, y en el caso que más nos afecta, con un Aznar que no parece apercibirse de ser utilizado miserablemente, si tenemos en cuenta de que su actitud política es de una absoluta inutilidad. Desde el punto de vista militar, España es un cero a la izquierda que, desde que decretó la voluntariedad del servicio militar tiene problemas tan serios para reclutar tropa profesional, ha rebajado los requisitos de admisión en las fuerzas armadas –con la inclusión de ciudadanos extranjeros o con un coeficiente de inteligencia por debajo de lo que los psicólogos consideran normal-, que para poder realizar desfiles militares ha llegado a alquilar carros de combate al ejército alemán o que incluso llega a contratar empresas de seguridad privada para custodiar sus propios archivos. Evidentemente, la alianza con Bush es una maniobra maquiavélica de la Secretaría de Estado para, por una parte asegurar uno de los votos del Consejo de Seguridad de la ONU (del que España forma parte como miembro no permanente), y por la otra, de impedir una posición conjunta de la UE (o como mínimo, un debate en condiciones en el Parlamento de Estrasburgo) del que la Moncloa difícilmente puede sacar un mínimo beneficio de Washington y sí en cambio numerosos perjuicios de Bruselas. Todo, por nada. Previsiblemente, estados como Francia, Bélgica, Holanda o Alemania, harán, en el último momento, lo que más les convenga. De hecho, el mismo Chirac ha enviado al probable teatro de operaciones su portaaviones nuclear, el Charles de Gaulle, por lo que pudiera pasar en esta larga partida de Póquer, mientras que Aznar, en el bizantino mundo de la diplomacia, ha revelado sus cartas desde el primer momento.
La dimensión Político-ideológica.
Cada proceso histórico viene acompañado de su cobertura ideológica. Todos los imperios necesitan a su Kipling para cantar sus glorias y maquillar sus miserias. Todo grupo dominante requiere de la ayuda de una intelligentsia orgánica que le pueda ofrecer una cierta respetabilidad social e intelectual. El gran salto adelante del expansionismo global que tiene su epicentro tanto en la Casa Blanca como en Wall Street se ha ido alimentando de una serie de ideas e ideólogos que generan un discurso que avala, desde el punto de vista de la psicología colectiva, sus proyectos expansionistas, de despotismos globales, o en afortunada expresión de Ignacio Ramonet, de globalitarismo. En este sentido, los esfuerzos de fundaciones privadas, o las inversiones e intervenciones de personajes poderosos del mundo de las finanzas en las universidades norteamericanas permitió crear una activa cantera de economistas y científicos sociales que, desde las instituciones académicas se pudieron dedicar a cantar las excelencias del (teórico) libre mercado, de las políticas liberalizadoras, y de la orientación despiadada de los organismos financieros internacionales, como el FMI o el BM. En todo este contexto de academicismo especulativo, y desde una desconexión absoluta respecto de la dura y compleja realidad cotidiana, resulta lógico que se acabaran elaborando tesis como la conocida alrededor del fin de la historia, creada por Francis Fukuyama, al inicio de la década de los noventa, y que podríamos resumir bajo el epígrafe; "no hay salvación fuera del American Way of Life". Sin embargo, a medida que avanzaba la pasada década, y los Estados Unidos veían expandir su economía y su poder estratégico-militar sin ninguna seria oposición, en el momento en el cual uno de los sectores más reaccionarios de la sociedad se han hecho con el control relativo de la presidencia, de la legislatura y de la judicatura, se ha generado un clima que alimenta esta tendencia a lo que convencionalmente se denomina como imperialismo. Samuel Huntington, un habitual de los seminarios para militares y de los departamentos estratégicos ha tenido bastante éxito con su tesis consistente en que, una vez acabada la guerra fría entre dos sistemas económico-sociales antagónicos, los próximos conflictos vendrán dados por los enfrentamientos entre civilizaciones, y en el que el mundo islámico emerge como un nuevo totalitarismo que amenaza la supremacía norteamericana. Sin embargo, si en la actualidad existe un intelectual orgánico oficioso, deberíamos hablar de Robert Kaplan. Dado el antiintelectualismo de los actuales ocupantes de la Casa Blanca, Kaplan, periodista autodidacta, antiacadémico, con un estilo claro y directo, ha seducido a Rumsfeld, Ashcroft, Rice o Cheney, es decir, al círculo más próximo a un George W. Bush que, aunque no parece leer otra cosa que la Biblia, sí parece moverse por intuición y por los consejos que le dan los asesores en quien confía. Y Kaplan es el representante de un neohobbesianismo político, según el cual el mundo actual es un caos y un desorden absoluto, una guerra permanente de todos contra todos, donde únicamente una autoridad fuerte puede arbitrar entre unos individuos en constante conflicto. El periodista norteamericano desconfía de las instituciones formales creadas para asegurar la paz y la convivencia pacífica (como las Naciones Unidas o las hipócritas políticas de buenas intenciones que afirman motivar algunas intervenciones internacionales) y considera que el orden es solamente posible mediante el uso de la fuerza. Y en este sentido, los Estados Unidos, como hiperpotencia única, y depositaria de unos supuestos valores universales tienen la obligación de asumir su papel de imperio (y el derecho a lucrarse de ello)
Todo este giro neoconservador y neoimperialista no sería posible sin la extensión y emergencia de un estilo de pensamiento providencialista, ya omnipresente en el substrato social y político de los sectores más conservadores de Estados Unidos. Así como en el continente europeo se ha producido un profundo proceso de secularización pública, la competitividad y dinamismo económico de los Estados Unidos ha reafirmado el espíritu religioso de buena parte de la sociedad norteamericana y ha permitido expandir un acentuado fundamentalismo cristiano entre buena parte de sus clases medias. A pesar de que el fenómeno no es nuevo, la creciente crisis social y la gran fragilidad de las familias, fruto de un sistema económico despiadado, ha permitido que, en muchos casos, la experiencia religiosa asuma un papel altamente adictivo y substituto rió de las carencias individuales por lo que respecta al orden, paz interior y estabilidad personal y emocional. La iglesia es uno de los pocos lugares relativamente públicos en el cual los estadounidenses se encuentran para algo que no sea comprar. Representa un espacio donde unos individuos profundamente alienados por su way of life, pueden sentirse reconfortados y acompañados, como parte de un todo, lejos, por unas horas, de un mundo extremadamente competitivo que los mina y fragiliza. De todo ello, esta fe, a veces superficial, a veces profunda, mezclada con un providencialismo de raíz puritana propiciatoria de un intenso sentimiento de pertenencia a un pueblo elegido, hace que a menudo se piense y se actúe con un acento mesiánico, tanto en los pequeños gestos de la vida cotidiana, como en las altas esferas de la política internacional. Pueden hacer la guerra porque es la voluntad de Dios. Dios siempre estará con ellos. Dios, el Dios poderoso y vengativo del Viejo Testamento puede azuzar la furia y la venganza de un pueblo ultrajado un once de septiembre. Puede hacer pagar muy caro el desprecio que les muestran sus crecientes enemigos y la incomprensión de sus infieles aliados. Dios, por tanto, es un actor fundamental en este nuevo belicismo surgido desde el Pentágono y la Casa Blanca.
Evidentemente, el impacto emocional del 11 de septiembre juega un papel fundamental en esta estrategia bélica. Los Estados Unidos han sido profundamente injuriados por el terrorismo de un puñado de iluminados que cuentan con la admiración de buena parte de millones de musulmanes frustrados por décadas de fracaso político, social y cultural. Para los norteamericanos, lo peor de todo esto, es que, a diferencia de diciembre de 1941, cuando la flota nipona atacó por sorpresa la base de Pearl Harbor, no hay un enemigo concreto contra quien descargar todo su rencor. El terrorismo es un ejército de sombras, fantasmagórico, altamente escurridizo. El mismo Bin Laden se asemeja más a un icono inmaterial que lo que es, un tipo de buena familia atacado por la peligrosa patología mental del fanatismo. Les resulta frustrante que el enemigo se halle ausente, que huya, que se esconda. En estos casos, y aquí la antropología sirve mejor para entender la lógica de los acontecimientos que la teoría de las relaciones internacionales, cuando no es posible matar a alguien, se puede, como sucedía con la Inquisición, quemarlo en efigie, o, aún mejor, encontrar algún chivo expiatorio.
La cuarta dimensión. Un golpe de timón en la globalización
El conflicto de Irak posee una cuarta dimensión que recoge elementos de las tres precedentes, aunque raramente se comenta. Ya antes hemos citado el término de globaritarismo que propuso Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, para definir las actuales relaciones internacionales asimétricas, según las cuales, individuos y corporaciones financiero-comerciales poderosas imponen desde la opacidad y unilateralidad, sus políticas a individuos, instituciones civiles y estados mediante tratados abusivos (ALCA, OMC,...), organizaciones económicas internacionales (FMI, BM,...) lobbies, o la presión de la administración norteamericana. Nos encontramos, pues, ante un nuevo y sutil modelo de totalitarismo según el cual, los intereses privados de un reducido núcleo de poderosos se imponen sobre las necesidades vitales de miles de millones de individuos, de la racionalidad, de la lógica, o de la sostenibilidad económica del planeta.
Como hemos comentado, la administración norteamericana se ha convertido en un instrumento eficaz al servicio de los poderosos y ha liderado algunas de las acciones que más han desestabilizado económica, social y ecológicamente el planeta. Así, para poner ejemplos, el Tratado de Libre Comercio con México, ha implicado una espectacular expansión de la pobreza rural al país latinoamericano, y ello ha propiciado la irrupción de millones de inmigrantes indocumentados, nuevos siervos de la gleba, para el poderoso vecino del norte. O podríamos hablar de la presión privatizadora de los recursos naturales, favorable siempre a todos aquellos con suficiente capital y capacidad de coerción para poder multiplicar sus beneficios a despecho de los intereses de la mayoría, o de la especulación relativa a la propiedad intelectual, el abuso de las patentes o la apropiación del genoma humano, hechos que comportan la condena a muerte física o civil para todo aquel que se halla en los márgenes del mercado.
Sin embargo, todo este proceso, iniciado a finales de los setenta desde el llamado consenso de Washington y encarnado en el tandem Tatcher-Reagan, que vivió su época dorada a lo largo de la pasada década, a partir de Seattle ha visto crecer sus opositores. Las reuniones de Davos, en que decenas de personas poderosas presentaban con orgullo sus planes para optimizar unos astronómicos beneficios a costa de la mayoría, habían empezado a impregnarse de un creciente escepticismo sobre la sostenibilidad de los modelos por ellos diseñados. En los últimos años, las voces disidentes, en el seno de las propias élites mundiales, se han multiplicado y empiezan a hacerse notar. Probablemente, las manifestaciones, la creciente organización y movilización contra el modelo neoliberal no les debe impresionar demasiado, aunque seguramente les harán reflexionar. Sí que en cambio les preocupa el cuestionamiento que desde dentro, vienen realizando personajes destacados como el conocido especulador Georges Soros, o el antiguo funcionario de Banco Mundial y premio Nobel de economía Joseph Stiglitz. Los talibanes del neoliberalismo, enrocados en la alta administración norteamericana experimentan un verdadero pánico a estas personas que, ya sea por un ejercicio de ética o de inteligencia, traicionan la implacable lógica del beneficio sin riesgos, de la libertad de capital sin límites legales o morales que se ha apoderado del capitalismo actual. Una buena muestra es la literatura antiglobalización generada por los dos nombres citados anteriormente. Especialmente interesante resulta el de Stiglitz, en el cual compagina la exposición de la más elemental teoría económica con sus frustrantes experiencias en la cúpula del Banco Mundial, una de las principales instituciones responsables de la imposición de políticas económicas que se han dedicado a acentuar la miseria de los países pobres y han incrementado por todas partes las desigualdades hasta límites intolerables.
Bush, Cheney, Ashcroft y sus seguidores políticos Blair, Aznar y Berlusconi, comparten estos miedos por un cambio de orientación del capitalismo, una orientación no necesariamente más moral, sino, y esencialmente, más inteligente. Esta nueva orientación pasa por un neokeynesianismo, es decir, más control, más seguridad, más intervención, más lógica, más equilibrio y más y mayor participación colectiva en los beneficios. Estas medidas, que no contradicen los principios básicos expuestos por Adam Smith, fueron los que salvaron al capitalismo de sí mismo después de la crisis de 1929, las que permitieron ganar la guerra fría, las que aseguraron el crecimiento ininterrumpido más largo y más intenso de la historia (1945-1973), las que han permitido el crecimiento de China, las que han salvado de la crisis asiática de 1997 a estados como Malasia. Sin embargo, para las tradiciones anarco-capitalistas de los sectores más derechistas del conservadurismo norteamericano, actuales ocupantes de la Casa Blanca y de la Cámara de Representantes, el mismo presidente Roosevelt es todavía considerado como poco más que un bolchevique peligroso. Muchos personajes extraordinariamente poderosos, que en realidad son aquellos que diseñan las políticas de Washington, no podrían tolerar una sociedad más redistributiva, con más impuestos, más normas, más ingerencias de la administración, más control.
Un ejemplo muy significativo lo encontramos en el caso del anterior secretario del tesoro. Pat O'Neill, un liberal conservador de origen irlandés, convencido de los dogmas neoliberales, aunque también un católico practicante de una fe sincera, aceptó realizar una gira por África con Bono, líder del grupo musical U-2. El contacto con la miseria del continente, a la vez que el conocimiento profundo de los mecanismos económicos que la propician, le afectaron profundamente. De regreso a Washington ya no fue el mismo. Cuando, durante el pasado otoño Bush propuso un plan de rebajas fiscales para los más ricos, O'Neill se opuso. Su conciencia e inteligencia consideraba este proyecto una aberración y una estupidez. La respuesta de Bush a esta disidencia consistió en un cese fulminante. El irlandés ha sido separado del poder y puesto en cuarentena para separarlo de los círculos económicos dominantes, como poseedor de un mal altamente contagioso.
Los poderosos más radicales son aquellos que actualmente dictan las directrices políticas de la Casa Blanca. Para ellos, el auténtico adversario no posee una larga barba, ni cabalga por la desértica estepa afgana. Sus enemigos se llaman democracia, control, transparencia, equidad, ética. Más específicamente pueden ser conocidos como participación directa en la gestión política y económica, redistribución fiscal, regulación, entramado institucional de la sociedad, servicios públicos, sociedad civil. La imposición de una guerra puede interpretarse como una demostración palmaria de estupidez suprema, o como un acto de perversidad maquiavélica. Quien se añada, perderá los últimos retazos de soberanía e independencia. Quien no se someta quedará expuesto a la furia del globalitarismo. La guerra pone en peligro anteriores alianzas y equilibrios, el viejo orden mundial, lo que queda de instituciones estatales, puede contribuir a generar un nuevo orden basado en el unilateralismo y permite detener los procesos de una creciente domesticación de una globalización salvaje, puede silenciar a los disidentes. Puede representar una excelente oportunidad para escenificar una huida hacia adelante, un empujón definitivo en dirección hacia el imperio. Y lo que resulta aún mucho más grave, una perversión irreversible de los valores cívicos y políticos que sostuvieron los principios sobre los cuales se basa la propia república de los Estados Unidos, y la trilogía liberal de Libertad, Igualdad y Fraternidad, sobre la cual se sustenta, en teoría, nuestra sociedad occidental.
Xavier Diez
Girona, febrero de 2003