CONFERÈNCIA ORGANITZADA PER L' AEP
I DONADÀ A LA BIBLIOTECA PÚBLICA ARÚS
EL 7 D' OCTUBRE DEL 2003
El ilegalismo anarquista
Creo que antes de empezar a hablar del tema que nos ocupa, convendría explicar las razones que nos han inducido a escoger un asunto que en apariencia está, en estos momentos, fuera de lugar. En principio nos mueve la idea de enfocar la evolución del anarquismo desde un punto de vista que, como después veremos, ha sido o bien desdeñado por la historiografía o bien tratado desde enfoques moralistas o "legalistas" que en nada nos ayudan al conocimiento de nuestro pasado, especialmente para quienes estamos interesados en la evolución de las ideas anarquistas. Porque estamos convencidos que desde esta perspectiva se ampliará nuestro horizonte y podremos entender mejor cuáles fueron los aciertos y los errores de aquellos que nos precedieron. De todos modos conviene decir que esta charla no pasará de un esbozo, aunque con el ánimo de que sirva para ulteriores investigaciones en este campo, entre otras cosas porque pienso que la historiografía "oficial" no se ocupará de estos temas o lo hará tan sólo para desacreditarlos y por ello es a nosotros a quien corresponde investigarlos y darles la dimensión histórica que les corresponde.
En primer lugar hablaré yo para introducir el tema, es decir, aludiré a las líneas generales de la evolución de las ideas anarquistas en el campo de la acción directa, la propaganda por el hecho o si se quiere la expropiación; después tomará la palabra Miguel Amorós para ilustrarnos de modo particular sobre las incidencias de estas teorías en el anarquismo español.
Conviene subrayar algo que me parece importante y que por demasiado obvio se olvida. Todos aquellos que apoyamos las ideas anarquistas nos situamos, por ese mismo hecho, fuera de la ley. En efecto, los anarquistas rechazamos el actual ordenamiento social y por tanto rechazamos las leyes que lo amparan. Ahora bien, ¿somos por ese hecho partidarios del asesinato, la violación y demás agresiones que se producen contra las personas? Es evidente que no; pero si constatamos que las leyes emanadas de los parlamentos o de cualquier otra institución autoritaria no están hechas para resolver estos problemas, ya que no se dirigen a las raíces de los mismos, sino que se limitan a controlar sus efectos, no habrá más remedio que concluir que necesariamente, todos aquellos que estamos en contra de una sociedad construida sobre semejantes fundamentos, debemos estar en contra también de las leyes que la amparan.
He traído esto a colación, porque quería hacer referencia a la forma en que generalmente se llevan a cabo los estudios históricos, especialmente los referidos a la Historia Social. Por regla general, el historiador traspone la legalidad de su presente histórico y la traslada al período que está estudiando, es decir, considera -en la mayor parte de los casos de manera inconsciente- que la legalidad del período es incontestable y ni siquiera se plantean las bases éticas en las que se asientan, dando como resultado que todos aquellos movimientos sociales de oposición quedan, por ello mismo, situados al margen de la ley. En cierto modo esto recuerda a los cronistas de la edad media: cuando alguien se revelaba contra la autoridad y triunfaba era considerado un héroe, en tanto que si fracasaba se le tildaba de villano, traidor y otros epítetos de este estilo.
Por otro lado, los estudios sobre los cuerpos represivos tampoco ha tenido muchos seguidores y cuando alguno se ha hecho, ha sido en forma laudatoria y encomiástica. Sin embargo, los montajes policiales en este país han sido numerosos y los procedimientos de los cuerpos represivos, apoyándose en la mayor parte de los casos, en confidentes surgidos de lo más bajo de la sociedad, indican la altura ética de estas instituciones y la del Estado en general. De todos modos, si nos propusiéramos llevar a cabo un estudio de esta naturaleza nos tropezaríamos con una falta total de documentación de primera mano, ya que los archivos policiales o judiciales eran sistemáticamente arrojados a la basura al cabo de un tiempo. Pero esto no se hacia -en la mayor parte de los casos- con ánimo de sustraer pruebas al juicio de la historia, sino por causas mucho más simples: falta de espacio, confianza en que a nadie podrían interesarle unos papeles tan viejos, etc. Tendríamos por tanto que recurrir a fuentes indirectas: archivos particulares, periódicos, etc.
Por contra en Francia este material es abundante e incluso contamos con varios libros de memorias de prefectos de policía de París -en España, al menos que yo sepa, no hay nada parecido; cuando un policía de este país ha escrito algo, lo ha hecho para relatar algún suceso particular en el que lógicamente habría destacado su natural pericia.
Y va a ser precisamente en Francia donde por primera vez se desate la polémica en torno a tan interesante cuestión a raíz del caso Duval. El 5 de octubre de 1886 se comete un robo en un hotel particular de la calle Montceau de París. Los protagonistas del hecho fueron Clemente Duval acompañado de otro anarquista de nombre Turquais. Por un encadenamiento de circunstancias fortuitas, Duval es localizado, siendo acosado por el inspector Rossignol que en la captura resulta herido por Duval que al fin es detenido y encarcelado en la famosa prisión de Mazas. A los pocos días de su encierro escribió una carta al juez instructor en la que decía:
"En mi hoja de prisión en Mazas, he visto escrito: Tentativa de homicidio; yo creo, muy al contrario que he obrado en legítima defensa. Verdad es que usted y yo no consideramos esto de la misma manera, teniendo en cuenta que yo soy anarquista, o mejor dicho, partidario de la anarquía, pues no se puede ser anarquista en la sociedad actual; sentado esto, yo no reconozco la ley, sabiendo por experiencia que la ley es una prostituta a quien se maneja como conviene, en ventaja o detrimento de éste o del otro, de tal o cual clase.
Si yo he herido al agente Rossignol, es porque él se ha arrojado sobre mí en nombre de la ley. En nombre de la libertad yo le he herido. Soy, pues, lógico con mis principios: no hay, pues, tal tentativa de asesinato. Ya es tiempo también de que los agentes cambien de papel: antes que perseguir a los ladrones, que prendan a los robados."
Este hecho no tardaría en saltar a las páginas de los periódicos anarquistas. Clemente Duval, miembro del grupo anarquista "La Panthère des Batignoles", que tenía en muy alto grado su condición de anarquista, escribió una carta al periódico Le Révolté, dirigido por Kropotkin, para explicar la condena a un año de prisión por robo que había descontado algunos años antes. En esta carta, después de explicar las dificultades que había tenido en diversos trabajos por cuestión de enfermedad, declara que sustrajo dinero a la compañía para la que trabajaba, porque careciendo de los necesario tenía el derecho a arrebatar lo superfluo a quienes se dedicaban a expoliar a sus trabajadores.
El 11 de enero de 1887, Clemente Duval compareció delante del tribunal. Pero Duval actuó en él más como acusador que como acusado. Para este anarquista el robo no era más que la restitución, en su provecho, llevada a cabo por un individuo consciente de que las riquezas son producidas colectivamente e indebidamente acaparadas por unos pocos. En otra carta publicada en el citado periódico en los días de su juicio declaraba, entre otras cosas: "Desde mi punto de vista no soy un ladrón. La naturaleza al crear al hombre le da el derecho a la existencia y este derecho el hombre tiene el deber de ejercerlo plenamente. Si la sociedad no le suministra los medios para su supervivencia, el ser humano puede legítimamente tomar lo necesario allá donde existe lo superfluo." Nótese que esta frase tiene grandes similitudes con la que muchos años más tarde suscribiría Wilhelm Reich al afirmar que el problema no era que aquellos que no tuvieran lo necesario para su subsistencia lo tomaran de donde pudieran, sino que quienes no disponiendo de lo imprescindible para subsistir no lo hicieran.
Duval fue condenado a muerte y el antes militante anónimo se convirtió en un héroe en los círculos anarquistas. En la mente de muchos comenzaba a abrirse paso la idea de que había sido condenado a muerte no por ser ladrón, sino por declararse anarquista. Se llevaron a cabo diversos actos para protestar por el veredicto y en uno de ellos, Luisa Michel terminó su discurso afirmando: "El día de la ejecución de este anarquista iré a la plaza de la Roquette para gritar, ¡Viva la Anarquía! Y espero ver que todos los revolucionarios conscientes se unirán conmigo en esta protesta." A Duval se le conmutó la pena por la de cadena perpetua y fue conminado en la Guayana de donde consiguió fugarse después de varios intentos, refugiándose en Nueva York entre los anarquistas italo-americanos de "L’Adunata dei Refrattari".
Vittorio Pini era un muchacho de una treintena de años, más bien alto, moreno y con ojos castaños, de oficio zapatero. De origen italiano, vivía en París y fundó en 1887 junto con su compatriota Parmeggiani el grupo anarquista "Los Intransigentes". Su convicción anarquista esta fuera de toda duda, pero en cuanto a la propiedad profesaba las mismas ideas que las de Duval. En el curso de un registro que tuvo lugar en su domicilio el 18 de junio de 1889, como resultado de una demanda de extradición del gobierno italiano, la policía encontró un verdadero arsenal de ladrón y el producto restante de numerosos robos cometidos en París y en provincia. El 4 de noviembre de ese mismo año comparecía en el tribunal, junto a otros compañeros. La suma total de los robos alcanzaba la suma, muy elevada para la época, de 400000 a 500000 francos. Sin embargo, según "La Révolte", "Pini jamás actuó como un ladrón profesional. Es un hombre con muy pocas necesidades, que vivía sencillamente, pobremente incluso y con austeridad, Pini robaba para destinarlo a la propaganda, eso nadie lo ha negado. En el juicio Pini se hizo responsable único de los hechos y defendió el principio anarquista del derecho al robo o mejor a la expropiación. Fue condenado a veinte años de trabajos forzados acogiendo la sentencia a los gritos de "¡Viva la anarquía! ‘Abajo los ladrones!". Se escapó de prisión, pero fue apresado de nuevo.
Digamos de pasada que el anarquista francés Carlos Malato no le profesaba muchas simpatías a Pini y esta quizá sea la razón que Georges Darien lo inmortalizara en su novela El Ladrón, convirtiéndolo en un personaje patético de filosofía enrevesada con el nombre de Talmasco.
Duval y Pini fueron en esta época los representantes de los anarquistas para quienes la expropiación era un derecho. Desde luego no fueron los únicos. Antes y después de esta época pueden encontrarse ejemplos de esta práctica y también de falsificación de moneda. Luego veremos que aquí en este país, se produjo muy temprano un hecho de similares características. Tampoco fueron los anarquistas los inventores de esta práctica, porque ya en 1847, ciertos comunistas, interpretando a su manera el pensamiento de Proudhon practicaron la expropiación. La teoría que subyace a esta práctica es, en líneas generales, robar a los ricos, hacer que los burgueses restituyan sus riquezas mal adquiridas, pero en la realidad las discriminaciones son en muchas ocasiones excesivamente sutiles y algunos compañeros de dudosa moralidad lo tomaron como pretexto para vivir deshonestamente en detrimento de sus propios camaradas.
Pero estas prácticas no fueron admitidas por el conjunto del movimiento anarquista y a pesar del amplio debate que se produjo a raíz de estos hechos, la cuestión quedó pendiente desde el punto de vista teórico. En la reunión internacional anarquista celebrada en París en julio de 1889, se volvió a poner el tema a discusión, pero sin que se pudiera llegar a una conclusión clara. En el curso de los años sucesivos cada cual mantuvo su posición y finalmente dos tesis se afirmaron. La sostenida por Sebastián Faure y ciertos redactores de "La Révolte", como Paul y Eliseo Reclus, aprobando el robo en todos los casos y viendo en ese gesto un acto revolucionario y la defendida por Jean Grave que lo rechazaba de plano: "Somos un partido revolucionario. Y en tanto que lo somos no queremos perpetuar el robo, la mentira, el engaño y la estafa que son la esencia de la sociedad que queremos destruir."
Por su parte Sebastián Faure argumentaba la defensa del robo diciendo: "Combatimos al explotador y al parásito, pero aprobamos al ladrón. En este caso, existen dos actos sucesivos y no simultáneos, el robo en sí mismo y el destino que se dé al producto robado. Nos reservamos condenar o aprobar el segundo; pero aplaudiremos siempre el primero."
Mientras que Paul Reclus afirmaba: "Lo que yo llamaría mi proposición principal es esta. En nuestra sociedad actual, el robo y el trabajo no son diferentes en esencia. Me sublevo contra esa pretensión de que hay un medio honesto de ganarse la vida, el trabajo y uno deshonesto, el robo y la estafa. Como productor, tratamos de obtener el máximo posible de nuestro trabajo, como consumidores, pagamos lo menos caro posible y del conjunto de estas transacciones, resulta que todos los días de nuestra vida, robamos o somos robados."
En cuanto a Eliseo Reclus, así se expresaba: "No es malo que alguien nos recuerde a los moralistas y moralizantes que nosotros también vivimos del robo y la rapiña." "El revolucionario que se dedica a la expropiación para dedicarla a las necesidades de sus amigos, puede tranquilamente y sin remordimientos dejar que lo califiquen de ladrón."
Señalemos que los "ilegalistas anarquistas", en tanto que familia, son de esta época. A partir de este momento algunos compañeros consideraron ya los actos ilegales de expropiación como lo esencial de su actividad y por ello mismo, constituyeron desde entonces un tipo particular de anarquista.
En los primeros años del siglo XX surgieron muchos grupos anarquistas que defendieron el ilegalismo y aunque es difícil extraer una teoría coherente de la multitud de artículos que se publicaron, en su conjunto se justificaba la expropiación por las siguientes consideraciones:
"El derecho al robo no es ciertamente un derecho natural del hombre, pero es no obstante la contrapartida del derecho a la explotación que se han atribuido los poderosos y sólo desparecerá cuando desaparezca ésta". Contra los explotadores "todos los medios son buenos y deben ser empleados" y se llega a la conclusión que "el ladrón, el timador o el estafador, en revuelta permanente contra el orden de cosas establecido es el único consciente de su rol social". Por tanto la apropiación individual estaba considerada como un acto revolucionario, tan justificado como el acto de apropiación colectiva admitido por todas las escuelas socialistas.
Asimilado pues a un acto revolucionario, el robo iba a gozar de un cierto prestigio en algunos círculos. Fue en este ambiente en el que surgió la banda más conocida de aquella época: la de Abbeville, que podemos considerar como paradigmática y uno de cuyos miembros llegó a tener cierto renombre: Marius Jacob, un personaje muy interesante. Estuvo más de veinte años en la isla del diablo, de la cual sale libre a finales de 1928. En 1936 vino a España a conseguir armas para las milicias anarquistas, pero se encontró que Ascaso y Durruti estaban muertos y el ambiente fue hostil a su planes armamentísticos. "¿Dónde están los anarquistas? En las fosas comunes. Traicionados en las retaguardias, se sacrifican en el frente." Y el ya anciano Jacob comprende que ha sido víctima de una última trampa del ideal.
En 1948 Jacon le escribió una carta al historiador francés Jean Maitron en la que le confesaba: "No creo que el ilegalismo pueda liberar al individuo en la sociedad presente. Si, por este medio, logra liberarse de ciertas servidumbres, la desigualdad de la lucha le procura otras aún más pesadas, y al cabo la pérdida de la libertad, de la minúscula libertad que gozaba y, en ocasiones, de la vida. En el fondo el ilegalismo, considerado como acto de rebelión, es más bien cuestión de temperamento que de doctrina. Es por esto que no puede tener efecto educativo en el conjunto de la clase trabajadora. Quiero decir un buen efecto educativo".
En abril de 1905 aparece el periódico L’Anarchie que se convierte en tribuna del individualismo anarquista y su fundación resulta muy importante para el desarrollo de las teorías ilegalistas. Su fundador fue un anarquista de gran originalidad y bastante pintoresco, de nombre Albert Libertad. En torno a él se agrupan toda una serie de colaboradores, algunos de los cuales le sucedieron en la dirección del periódico: André. Lorulot, Juin, más conocido como Ernest Armand, Mauricius, Paraf-Javal y Kibaltchiche, alias Víctor Serge. También frecuentaran la redacción del periódico algunos de los conocidos como los bandidos trágicos, miembros de la denominada banda Bonnot.
Desde entonces poco ha variado la teoría en torno al ilegalismo anarquista y sus partidarios han seguido siendo un tipo particular dentro del movimiento, con detractores y simpatizantes en función de sus propios postulados teóricos.
Paco